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Escrito por Michelle J. Goff, fundadora y directora ejecutiva del Ministerio Hermana Rosa de Hierro
Mi humanidad nunca fue más evidente que cuando me confrontó un diluvio abrumador de emociones encontradas. Mi búsqueda de la santidad fue confundida por mi incapacidad de manejar mi tremendo sentido de pérdida y dolor. Romanos 8 y la admonición de vivir según el Espíritu y no según la carne se sintió como una condenación de mi estado carnal desorientador de desorden.
…y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. (Ro 8:8 RV60)
Luchando por noches sin dormir y con una incapacidad de verbalizar mi llanto a Dios, ni escuchar las oraciones de otros por mí, estaba enfrentada con mis imperfecciones profundas. Mi humanidad carnal era mi impedimento para agradar a Dios. Ya encaminada en mi destino aciago.
La búsqueda de la santidad es una búsqueda de perfección, ¿no? “Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5:48 NVI)
Este versículo bien memorizado del Sermón del Monte, junto con la admonición de Romanos 8, hacían eco en mi mente mientras que el acusador trababa de usar un malentendido de estos versículos en mi contra. Él quería que fueran declaraciones definitivas de mi condenación. Sin embargo, el Espíritu Santo luchó a mi lado para derrotar las mentiras y buscar la Verdad. Entonces, miré a la Verdad, a Jesús y Su ejemplo.
Si Jesús viniera en la carne, 100% Dios y 100% ser humano (Jn 1:14), una condenación de la carne implicaría una condenación de Cristo. No. No es posible. No puedo condenar al Hijo de Dios por venir en la carne. Era perfecto, una parte vital del plan perfecto del Padre para enviarlo a la tierra por nosotros (Jn 3:16). Verdades mayores volvieron a la luz de mi mente y comenzaron a aclarar mi enfoque. Jesús empatiza con nosotros en todo, hasta siendo tentado como lo somos nosotros.
Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. (Heb 4:15)
Todos tenemos carne física, como Jesús. Y no fue eso lo que se condenó. Jesús enfrentó todas las emociones y condiciones humanas que enfrentamos nosotros. Nuestra carne física comenzó sin pecado en un mundo caído. Son nuestros deseos carnales los que nos llevan a pecar (Stg 1:13-15). Mi bombilla de entendimiento brillaba más.
Jesucristo, que vino en la carne, me proveyó una manera de ser humana Y santa. Podría aprender de Su ejemplo perfecto sobre cómo responder a las emociones y condiciones humanas que enfrento diariamente.
Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. (Ro 8:1-2)
Cuando vuelvo a Romanos 8 para leer todo el capítulo, después de la descripción de Pablo de su propia lucha en capítulo 7, mis ojos se llenan de lágrimas de esperanza y gratitud. Dios sabe que nunca podré alcanzar una búsqueda imperfecta de la santidad por mí misma. Ejecutó Su plan perfecto para que llegáramos a conocerlo más profundamente a través de nuestro proceso de santificación (hacernos santos por la sangre de Su Hijo).
Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes. (Ro 8:11)
Hoy, te invito a la libertad de la condenación de la carne física. Te invito a morir a los deseos de la carne, los pecaminosos. Y, si estás luchando en esta búsqueda imperfecta de la santidad (no la perfección), te invito a utilizar uno de nuestros recursos, el libro Humano Y Santo, escrito durante ese tiempo en el que estaba luchando para comprender los mismos puntos que comparto en este artículo del blog. No estás sola en esta búsqueda.
Y para terminar la idea del versículo que antes leímos de Hebreos 4,
Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente. (Heb 4:16)
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Escrito por Corina Díaz, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Buenos Aires, Argentina
Hace unos años, me propuse aprender a tocar la guitarra. Soñaba con poder alabar a Dios con mis propias manos, hacer sonar acordes y cantarle con libertad. Practiqué, me frustré, me dolían los dedos, algunas notas salían mal, y me comparaba con otros. En más de una ocasión, pensé: “Esto no es para mí. Nunca voy a ser buena. Nunca voy a ser… perfecta.”
Y entonces esa frase se volvió familiar. Me la repetía en muchas otras áreas de mi vida:
“Pero no puedo ser perfecta…
…como esposa,
…como amiga,
…como hija de Dios.”
A veces, nos exigimos tanto que sintamos que, si no logramos cumplir con un estándar de “santidad” visible, entonces no somos dignas. Nos olvidamos de que la vida cristiana no es una vida de perfección, sino de redención.
Jesús no nos pide perfección. Nos ofrece transformación.
Hay una presión cultural y muchas veces religiosa de “hacerlo todo bien”. Pero Jesús nunca llamó a discípulos perfectos; llamó a pescadores, cobradores de impuestos, mujeres con pasados difíciles, jóvenes impulsivos y personas comunes como tú y yo.
Jesús no espera que lleguemos a Él arregladas, Él nos recibe rotas y nos restaura.
Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad. (2Co 12:9 RVR)
Este versículo cambió mi perspectiva. No tengo que ser suficiente. No tengo que lograrlo sola. Jesús se perfecciona en mi debilidad: en mi torpeza, en mis caídas, y en mi imperfección.
¿La práctica hace al maestro?
Podríamos decir que sí, si entendemos que la práctica no consiste solo en hacer las cosas bien, sino en dejarnos formar por el Maestro. Nuestra práctica es rendirnos cada día, intentarlo de nuevo, y no rendirnos. Hagamos eso no para alcanzar una perfección humana, sino por amor a Aquel que ya nos amó primero.
Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús. (Fil 1:6 NVI)
Dios está trabajando en nosotras, solo tenemos que permitirle hacerlo: entregarle lo que somos, lo que no somos, y lo que no podemos ser; porque cuando lo hacemos, Él obra maravillas.
Quiero compartir contigo esta oración, a la que titulé:
Oración del corazón
Señor Jesús:
Vengo a ti tal como soy.
No perfecta, no suficiente, no capaz por mí misma.
Pero aquí estoy, con mis debilidades, mis fracasos, y mis intentos.
Gracias por no pedirme perfección, sino una relación.
Te entrego mis imperfecciones, mi deseo de control, y mi miedo al fracaso. Enséñame a practicar cada día Tu presencia, Tu Palabra, y Tu gracia.
Y que mi vida sea una obra en Tus manos.
Amén.
