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Escrito por Claudia Malaquias, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Minas Gerais, Brasil
Hay una fábula sobre dos burros que caminaban para hacer entregas, uno con una carga de azúcar y el otro con una carga de esponjas. Después de caminar un rato, se encontraron con un río que fluía rápidamente.
El burro con la carga de esponjas dijo: “¿Cómo vamos a cruzar? ¿Y si nos lleva la corriente?”
A lo que el otro respondió: “¡No va a pasarnos nada! Sígueme y verás que estamos a salvo.”
Al entrar en el río, su carga de azúcar se disolvió y, al aligerarse, facilitó la travesía. "¿Ves lo que te dije? ¡Ahora sigue mi ejemplo y ven!”
Pero, como era de esperar, cuando el otro burro entró en el río, la carga de esponjas se hinchó con el agua, se hizo mucho más pesada y la corriente se llevó al pobre animal.
Es parte de la naturaleza humana buscar pertenecer a un grupo y para ello a menudo sucumbimos a las influencias sociales, que los expertos llaman conformismo: la aceptación pasiva de normas, reglas, costumbres e ideas que moldean el comportamiento sin ninguna reflexión de nuestra parte. Sin embargo, seguir a otros sin la debida diligencia puede tener graves consecuencias.
Cuando me convertí por primera vez, todavía sin experiencia en la Palabra, traté de unirme a uno de los pequeños grupos de mujeres de mi congregación simplemente observando cómo se presentaban. Siguiendo los instintos humanos, elegí un grupo animado y conversador que estaba bien informado sobre todo lo que estaba sucediendo en la iglesia.
Sin embargo, con el tiempo y la madurez, me di cuenta de que los frutos espirituales que necesitaba para crecer realmente no se estaban practicando allí. La frase del apóstol Pablo: “Imítenme, así como yo imito a Cristo” (1Co 11:1 NVI) es una invitación a imitarle a él, que reflejó claramente a nuestro Señor Jesucristo, la perfección del amor y del sacrificio, al mismo tiempo que nos advierte que debemos estar en compañía de aquellos cuyas decisiones están guiadas por lavoluntad de Dios.
En cada paso de nuestro camino en el Reino, nosotros mismos debemos conducirnos e imitar a aquellos que ya han madurado en la fe, personas que muestran en sus vidas los frutos del Espíritu que tal vez todavía necesitemos pulir en nuestras vidas. Así, poco a poco, también nosotros seremos un ejemplo para los demás hermanos y hermanas.
Pablo se sentía seguro al invitar a otros a convertirse en discípulos de Cristo siguiendo su ejemplo. ¿Tenemos nosotros la misma valentía?
Conocer las Escrituras, desarrollar intimidad con Dios a través de la oración, meditar en la vida de Cristo y obedecer Sus mandamientos son importantes para profundizar nuestra fe y comunión con el Espíritu Santo. Con estas prácticas como la carga que llevamos, seremos un ejemplo para los demás, y será más fácil discernir buenos ejemplos para que nosotras también los sigamos.
En la fábula de los burros, el error fue imitar sin tener en cuenta la carga de cada uno. A veces ese también puede ser nuestro error. Busquemos cada día nuestro crecimiento espiritual imitando a aquellos que verdaderamente practican el ejemplo de Cristo.
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Escrito por Michelle J. Goff, Fundadora y directora ejecutiva del Ministerio Hermana Rosa de Hierro
Sigan ustedes mi ejemplo, como yo sigo el ejemplo de Cristo. (1Co 11:1 DHH)
Imítenme, así como yo imito a Cristo. (1Co 11:1 NVI)
Inmediatamente después de mi graduación de la universidad, mis padres y yo fuimos en caravana directamente a Atlanta, Georgia, donde iba a trabajar como asistente del director de misiones, Bob Brown, misionero en Venezuela durante muchos años. Dos años antes, había trabajado en un internado como estudiante bajo su supervisión y había comenzado a viajar mucho con él y con otros a Venezuela, Colombia, México y hasta Kazajistán.
Comencé a hacer muchos de esos viajes sola, exponiendo en conferencias de mujeres, apoyando a congregaciones recién establecidas, sirviendo en campañas evangelísticas y como consejera y maestra en convenciones de jóvenes. Entre los colaboradores locales del Reino, fui conocida como Michelle “secretaria de Bob”. Ese sobrenombre se convirtió en mi apellido y la manera más popular para identificarme.
Después de un año y medio trabajando juntos en Atlanta, Bob y su familia decidieron aceptar la invitación de un grupo en Denver, Colorado, para colaborar en el establecimiento de una nueva congregación en el sur de la ciudad. Adicionalmente, querían establecer una congregación de habla hispana en el área. Más del 33% de la población era hispanohablante pero no había ninguna iglesia de Cristo en toda el área metropolitana.
Me invitaron a unirme al equipo que se estaba formando para cumplir con esas necesidades del Reino en Denver. Pero me sentía dividida e indecisa. También tenía una invitación a sustituir a Bob en el trabajo que él estaría desocupando como director de misiones. Y al mismo tiempo, otra iglesia me había ofrecido la oportunidad de recibir todo el apoyo económico necesario para un compromiso de 3 a 5 años en la ciudad que yo escogiera.
¡Aaaaaaahhhhhh! ¿Qué hacer? Te puedes imaginar las noches sin dormir, de lucha e indecisión. También buscaba consejos sabios sobre esa decisión tan pesada que sentía que dirigiría el camino del resto de mi vida.
Naturalmente, pedí consejo a mi mentor y jefe. Uno de mis argumentos para no ir a Denver fue que no quería que la gente dijera que yo estaba siguiendo a Bob… “Por supuesto que ella se mudó a Denver. Sólo está siguiendo a Bob.” Y su respuesta a mi temor fue: “¿Qué importa si dicen que me estás siguiendo? ¿Cuál es el problema?”.
“¡No debería seguir a ningún hombre… tal vez si estuviera casada… pero debo seguir exclusivamente a Cristo!”.
“Anda y lee 1 Corintios 11:1”.
“¡Lo he leído y tengo problemas con ese versículo!” (La traducción actual que estaba en mi mente en ese momento era: “Sígueme, como yo a Cristo”).
“Entonces, debes ir y meditar en ese versículo”.
“¡Ay!”.
Puedo acordarme de esa conversación y mi nivel de frustración como si fuera ayer. Lo que también recuerdo es el tiempo que sí pasé meditando en ese versículo. En mi interpretación inmadura, sólo estaba enfocada en la frustración de un llamado a seguir a Pablo o a cualquier persona que no fuera Cristo mismo. A través de la oración y la meditación en 1 Corintios 11:1, Dios reveló la importancia de la segunda frase, “como yo a Cristo”.
El Señor, a través de Pablo, no nos llamo a seguir o imitar a otros ciega o ingenuamente, ni sin ninguna discriminación. Dios nos llama a seguir a Cristo y Sus pisadas (1Pe 2:21). Pero Dios también nos ha provisto con ejemplos imperfectos, otros seguidores o discípulos de los cuales podemos aprender y crecer.
Si alguien peca, no debo seguirles en el pecado. Pero si alguien demuestra arrepentimiento, huye de su pecado e imita a Cristo en sus pasos para aceptar la gracia y misericordia que Dios ofrece, yo debería seguir sus pasos de arrepentimiento en cualquier área que me aplique.
Sígueme, como yo sigo a Cristo. “Imítenme, así como yo imito a Cristo” (1Co 11:1 NVI). Espero que todos podamos decir esas palabras y declararnos seguidores fieles de Cristo que navegan imperfectamente el andar en luz como Él está en la luz (1Jn 1:7).
Este es el mensaje que hemos oído de él y que anunciamos: Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad. Si afirmamos que tenemos comunión con él, pero vivimos en la oscuridad, mentimos y no ponemos en práctica la verdad. Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado.Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. Si afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no está en nosotros. (1Jn 1:5-10)
¿A quién estás siguiendo hoy?
¿Quién te está mirando como ejemplo de cómo seguir a Cristo?
