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Escrito por Sharit Saman Zapata, voluntaria en el Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Perú
Imagina un árbol en el desierto que desde lejos parece fuerte y robusto, pero al acercarte descubres que está seco, sin savia ni frutos, podrido por dentro; su fuerza era solo apariencia. Ahora imagina otro árbol junto a un río, lleno de frutos y hojas brillantes; no lucha por sobrevivir, crece en calma y por eso desborda vida.
¿Cuál de los dos árboles se parece más a nuestra vida espiritual?
Dichoso es quien no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los burladores, sino que en la Ley del Señor se deleita y día y noche medita en ella. Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan. Todo cuanto hace prospera. (Sal 1:1-3)
Muchas de nosotras, tras años en la Iglesia, aprendemos a vernos bien desde lejos: hablamos como cristianas, nos movemos en ambientes de fe, dominamos pasajes bíblicos y practicamos disciplinas… pero por dentro algo no crece. Lo peligroso es estancarse, acostumbrarnos a vivir así, hacer lo “correcto” sin satisfacción: oramos, leemos la Biblia, nos rodeamos de cristianos…y seguimos vacías.
Esta es una lucha real, pero no deberíamos permitir quedarnos mucho tiempo en este estado ni conformarnos. Hay gran diferencia entre estar ocupada con cosas de Dios y estar realmente arraigada en Él.
Algunos consejos que podemos sacar de Salmos 1:1-3:
- Deja de caminar donde no debes.
“no sigue el consejo de los malvados...”
Antes de hablar de raíces, el salmista señala la dirección: ¿cómo crecer en Dios si escuchamos voces y tomamos decisiones que nos alejan de Él? Es como un árbol en tierra seca: sus frutos, aunque haya, estarán contaminados. Jesús dijo: “Nadie puede servir a dos señores… no pueden servir a la vez a Dios y a las riquezas” (Mt 6:24). Muchas veces no crecemos porque tenemos nuestro corazón dividido entre obediencia y comodidad y no queremos soltar lo que nos impide avanzar.
- Deja de “intentar” y empieza a deleitarte.
“sino que en la Ley del Señor se deleita.”
Aquí vamos a encontrar el problema real: no es falta de disciplina, es falta de deleite. Puedes leer la Biblia todos los días y seguir seca, podemos orar y seguir vacías, todo esto porque Dios no está buscando rutinas, está buscando amor genuino. Y si lo pensamos mejor, nadie necesita recordatorios para hacer algo que ama, en Salmos 42:1 dice: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.” Esa es nuestra referencia, no es obligación, es hambre, si tu relación con Dios se siente pesada, no es un problema de agenda… es un problema de corazón. Porque un árbol no debe visitar el agua, debe vivir conectado a ella.
- Permanece, no estés solo de pasada.
“día y noche medita en ella”
A veces tratamos a Dios como una parada rápida: un devocional corto, una oración antes de dormir, una canción en el camino, mientras el resto de nuestra vida está desconectada. Jesús dice: “Separados de mí no pueden hacer nada” (Jn 15:5). No dice solo un poco, dice NADA. Es como un celular de última generación, aunque tenga todo el potencial, sin estar cargado o conectado, no sirve; así es tu vida espiritual si no permaneces en Él.
- El fruto será inevitable, si las raíces son reales y firmes.
“Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto”
Muchas personas se frustran buscando fruto inmediato, pero el pasaje dice que será a su tiempo. Como el árbol que permanece junto a su fuente, sin compararse ni forzar, este solo se esfuerza en permanecer junto a su fuente y el fruto viene por añadidura. En Gálatas 5:22–23 vemos el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz,… Este fruto crece cuando estamos conectadas. Si no hay fruto, el problema no es el fruto, sino las raíces.
No necesitas otra estrategia espiritual ni un plan perfecto; necesitas decidir HOY dónde estás plantada. Puedes estar ocupada con cosas cristianas o ser una mujer realmente arraigada junto al río. Esas dos cosas no son lo mismo. ¿Cuánto más vas a conformarte con una vida que parece fuerte por fuera, pero por dentro está seca?
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Escrito por Elane Bernardo, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Caruaru, Pernambuco
Si se consagra la parte de la masa que se ofrece como primicias, también se consagra toda la masa; si la raíz es santa, también lo son las ramas. Ahora bien, es verdad que algunas de las ramas han sido desgajadas y que tú, siendo de olivo silvestre, has sido injertado entre las otras ramas. Ahora participas de la savia nutritiva de la raíz del olivo. Sin embargo, no te vayas a creer mejor que las ramas originales… Así que no seas arrogante, sino temeroso. (Ro 11:16-18a, 20b NVI)
Querida hermana,
Con cariño, te invito, antes de continuar con esta lectura, a orar y pedir a Dios que hable a tu corazón a través de Su Palabra, tal como Él ha hablado y tocado profundamente mi corazón.
Existe una tendencia muy común en el corazón humano: mirar el fruto antes que la raíz.
Las personas buscan el cambio, el crecimiento, la fuerza espiritual y la transformación, pero a menudo todo esto se persigue a través de sus propios esfuerzos, como si la vida con Dios dependiera de la capacidad de producir resultados visibles.
Romanos 11 nos muestra otro camino.
Presenta la imagen de un olivo, con una raíz sagrada y ramas que viven de la savia que de ella proviene. Algunas ramas han sido rotas, mientras que otras, que originalmente no pertenecían al árbol, han sido injertadas. Esta imagen no solo explica una verdad espiritual, sino que también reposiciona el corazón.
La vida no empieza en la rama.
La fuerza no está en la rama.
El fruto no crece de la rama.
Todo viene de la raíz.
La santidad mencionada en el versículo 16 no es algo producido, sino transmitido. Las ramas solo participan en esta vida porque están conectadas con lo que es sagrado. Esto se enfrenta a una espiritualidad basada en el esfuerzo, donde uno intenta producir fruto sin priorizar la conexión.
Dar fruto no consiste en producir algo para Dios, sino en permitir que Su vida se manifieste a través de quienes están verdaderamente conectados a la raíz. Cuando esta verdad se olvida, lo que debería ser fructífero se convierte en un intento. Lo que debería fluir se convierte en una carga. Y la vida espiritual empieza a vivirse como esfuerzo constante, no como dependencia.
El texto también presenta una advertencia importante: algunas ramas se rompieron por la incredulidad. Esto revela que no basta con estar cerca. No basta con parecer parte de algo. La permanencia no se sostiene por las apariencias, sino por la fe.
Y es en este punto cuando la Palabra indica claramente: "Así que no seas arrogante, sino temeroso." El orgullo espiritual es silencioso. No necesariamente se manifiesta en palabras, sino en autosuficiencia. Surge cuando hay confianza en el propio camino, cuando la dependencia de Dios deja de ser diaria y se vuelve ocasional.
Pero la verdad sigue siendo: no es la rama la que sostiene la raíz. Es la raíz la que sostiene la rama.
Cuando esto se olvida, la conexión se debilita. La estructura puede seguir existiendo, puede que aún haya apariencia de vida, pero el flujo de savia ya no es el mismo. Y sin savia, no hay fruto.
Por otro lado, cuando hay una conexión verdadera, el fruto se vuelve inevitable. Se manifiesta en actitudes, elecciones y la forma de vivir frente a situaciones cotidianas, no como algo forzado, sino como evidencia de una vida sostenida por Dios.
El texto concluye con una seria advertencia: si Dios no escatimó las ramas naturales, tampoco deberíamos vivir despreocupados ante Él. Esto no apunta al miedo, sino a la reverencia—una vida consciente, alineada y dependiente—una vida que entiende que ser injertado es una gracia, y que quedarse es una decisión diaria.
Por lo tanto, dar fruto no comienza con lo que uno hace, sino con donde uno está conectado. Y a la luz de esto, queda una pregunta necesaria:
¿Se ha vivido la vida desde la raíz que la sostiene, o todavía se intenta producir fruto a través de las propias fuerzas?
