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Escrito por Ann Thiede, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Arkansas
"Una de las emociones más poderosas es la gratitud. Si podemos encontrar maneras de ser agradecidos a lo largo de nuestra vida, encontraremos el poder, la emoción y la fuerza para atravesar algunas de las etapas más duras de la vida."
Esta parte del devocional de la aplicación Biblia YouVersion, Creando un Corazón de Gratitud, ejemplifica a los primeros cristianos — hombres y mujeres — perdonados, redimidos y impulsados por el amor de Cristo a pesar de las pruebas y tribulaciones. Han dejado un legado poderoso para la iglesia hoy en día.
En Hechos 1, los discípulos de Jesús que lo presenciaron ascender de nuevo a su Padre tras la resurrección solo pueden considerarlo una experiencia dramática. Después, para asombro de todos, el Espíritu Santo descendió como llamas sobre los seguidores de Cristo reunidos en Jerusalén para celebrar Pentecostés. Pedro predicó, y todos los que se habían reunido de distintas naciones entendieron sus poderosas palabras en su propio idioma. Terminó proclamando: "Por tanto, que todo Israel esté bien seguro de que este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Cristo" (Hech 2:36 NVI). Tres mil judíos y prosélitos, con el corazón tocado, creyeron en su mensaje y fueron bautizados. El amor genuino, la comunión y la gratitud caracterizaron a estos nuevos discípulos: la primera iglesia.
No dejaban de reunirse unánimes en el Templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad, alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos. (Hech 2:46-47)
Hacia Hechos 4:4, la iglesia había crecido hasta cinco mil. En Hechos 5:14, "seguía aumentando el número de los que creían en el Señor". Los discípulos hacían discípulos a medida que la Buena Nueva se difundía.
Pero entonces, en Hechos 7, Esteban lleno de Espíritu fue apedreado hasta la muerte y "aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia en Jerusalén y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria" (Hech 8:1). Esto parecería una mala noticia, ¡pero no! "Los que se habían dispersado predicaban la palabra por dondequiera que iban" (v. 4). ¡La alegría y la gratitud eran su fortaleza!
Felipe difundió la Buena Nueva en una ciudad samaritana, y luego fue invitado a subir a un carro, donde compartió las escrituras sobre Jesús con un importante eunuco etíope. En un momento, el eunuco dijo: "Mire usted, aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado?" (Hech 8:36). Así que Felipe lo bautizó, y "el eunuco no volvió a verlo, pero siguió alegre su camino" (v. 39). ¡Imagina a este nuevo discípulo agradecido regresando a Etiopía y difundiendo la Buena Nueva!
La obra del Espíritu continuó. Mientras perseguía y encarcelaba a los cristianos, Saulo (como se registra en Hechos 9, 22 y 26) se encontró dramáticamente con Cristo, comprendió la verdad de Su señorío y luego causó estragos entre los judíos predicando inmediatamente a Jesús y su resurrección. Mientras tanto, Pedro rompió el protocolo y predicó a un devoto centurión gentil, Cornelio, y a sus amigos y familiares cercanos. En medio de la predicación, el Espíritu Santo cayó sobre estos gentiles como en Hechos 2. "Los creyentes judíos que habían llegado con Pedro se quedaron asombrados de que el don del Espíritu Santo se hubiera derramado también sobre los no judíos" (Hech 10:45). La gracia de Dios y la gratitud resultante llenaron sin duda los corazones de Saulo, ahora Pablo, y Cornelio.
Hechos 9:36-42 relata otro evento sobrenatural entre los discípulos de Jope. Dorcas, o Tabita, que siempre hacía el bien, ayudaba a los pobres y visitaba a las viudas, murió. Era tan querida que Pedro fue instado a venir de inmediato. Oró, la tomó de la mano y la presentó viva una vez más. La noticia se difundió con gran alegría y gratitud y, como resultado, "muchos creyeron en el Señor" (v. 42).
El libro de Hechos ilustra una nube de testigos amantes de Cristo, motivados por la gracia y produciendo una gran cosecha de almas. ¿A quién te unirás? ¿A Felipe compartiendo a Jesús con un desconocido? ¿A Pedro proclamando las Buenas Nuevas a personas previamente rechazadas? ¿A Dorcas honrando a Jesús, compartiendo su amor y haciendo el bien? ¿A Pablo pidiendo oraciones y palabras "para dar a conocer con valor el misterio del evangelio" (Efes 6:19)?
Que la gratitud por todo lo que Dios ha hecho en tu vida sea tu fuerza motriz.
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Escrito por Gaby Medrano, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro de Nicaragua en Colombia
Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas. (Efes 5:11 RVR1960)
Imagina un árbol hermoso de naranjas plantado en un terreno donde el suelo se ha llenado de maleza, espinos, parásitos y plantas invasoras. Estas plantas son completamente estériles e infructuosas. La maleza no trabaja para dar frutos, solo consume los nutrientes del suelo, ahoga la vida y destruye lo que la rodea.
El apóstol Pablo llama a los pecados “obras infructuosas” porque son exactamente como esa maleza que ocupa espacio, absorbe tu energía, pero al final del día no produce nada de valor real para tu vida espiritual, tu familia ni tu paz interior. Es una productividad vacía, una esterilidad disfrazada de vida.
Vivimos en un mundo de constantes cambios, donde se nos exige adaptarnos a diferentes escenarios, situaciones, modas, lugares o culturas. Si no lo haces, simplemente “no encajas” o “no te adaptas”; así de simple lo juzgan. Sin embargo, Dios nos ha llamado a hacer la diferencia, a ser luz en medio de la oscuridad y para eso tenemos que marcar la diferencia, ser la luz, la sal. Muchas veces no encajaremos o no permitiremos adaptarnos, porque lo más importante no son las expectativas o apariencias sino la verdad, la Palabra de Dios que nunca cambia, que fue, que es y que será.
El apóstol Pablo explica que, mediante el poder del Espíritu, los creyentes tienen que deshacerse de su vieja naturaleza carnal y vivir conforme a su nueva naturaleza espiritual. Este camino de cambios conduce a un modo de vida santo, ya que como cristianos debemos ser imitadores de Dios; de eso se trata la llenura del Espíritu. “Sed santos porque Él es santo” (1 Ped 1:16). Y no imitar al mundo, porque si hacemos lo que hace el mundo, nos vestimos como el mundo, nos parecemos al mundo. ¿Qué nos diferencia del mundo? Solo nos estaríamos engañando a nosotras mismas.
Los cristianos no deben ser cómplices o compañeros de las prácticas pecaminosas. Desenmascarar estos actos no implica necesariamente hablar mal o atacar a los que lo hacen, sino hacer brillar la verdad de Dios mediante una conducta recta, íntegra, un testimonio intachable y un estilo de vida que contraste con el mal. Puedes reprender una obra mala, pero siempre y cuando lo confrontes con mansedumbre, amor, respeto, buscando su restauración, no su humillación, considerándote a ti misma, no sea que tú también seas tentada, como dice Su palabra.
Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. (Gál 5:19-21)
Son muy evidentes y claras las obras de la carne, no se pueden esconder, como cristianas maduras en la fe debemos de florecer en el Espíritu, dejarnos guiar por Él, saber que por nuestras propias fuerzas no podemos hacer mucho, pero si tenemos la responsabilidad a diario de luchar contra el pecado, depender totalmente de Dios, reconocer que como humanos caídos desde el Edén nuestra naturaleza está inclinada hacia el mal, hacia el egoísmo y placeres de este mundo pero el apóstol Pablo nos recuerda en su carta que tenemos armas espirituales con las que podemos luchar: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efes 6:11).
Debemos escudriñar bien las Escrituras a diario, así como revisamos el celular a diario. Observar muy bien con qué nos estamos alimentando, lo que estamos viendo, la música que estamos escuchando, con quién estamos compartiendo tiempo, lo que estamos leyendo, qué testimonio estamos proyectando. ¿Estamos siendo influencia o estamos siendo influenciadas? ¿Nos estamos diferenciando del resto? O simplemente estamos como los camaleones camuflándonos conforme a nuestro entorno. Si es así, podemos correr el riesgo de no heredar el Reino de Dios.
Pablo enseñó a los cristianos de Gálatas cómo disfrutar de la libertad en Cristo y no ser esclavizados por el esfuerzo de ganar el favor de Dios mediante la observancia religiosa o las buenas obras. La verdadera bondad no procede del esfuerzo personal, sino de someterse al Espíritu Santo para que Él pueda producir el fruto de rectitud en nuestra vida diaria. Nadie puede presumir de ser un buen cristiano solo de la cruz de Cristo. Él hizo que todo fuera posible.
Con Cristo estoy juntamente crucificado y ya no vivo yo, más Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gál 2:20)
Anhelemos ser tierra fértil y poder guiar a otras a serlo. Pidamos a Dios en oración que podamos afilar hierro con hierro de cerca o a la distancia.
