Nos encanta construir relaciones. Suscríbete a nuestro blog para recibir palabras de ánimo semanales y actualizaciones mensuales del ministerio a través de nuestras eNoticias en tu correo electrónico.
Etiquetas
Búsqueda
Compras en línea
Nuestros libros, recursos gratis, tarjetas, botellas de agua, y más
Blog
Más entradas del blog abajo
- Detalles
Escrito por Abigail Becerra, voluntaria en el Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Perú
Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. (Hch 4:33)
Porque somos sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con Él en la semejanza de Su muerte, así también lo seremos en la de Su resurrección. (Ro 6:4-5)
Cuando pienso en la resurrección, muchas veces mi mente se va a una celebración especial, a un domingo concreto del año. Pero la resurrección no es solo una fecha… es una fuente, es la raíz que sostiene todo fruto verdadero en nuestra vida. Si estoy conectada a la Vid, entonces el fruto que debería empezar a verse en mi vida tiene una explicación muy clara: Cristo resucitado vive en mí y porque Él vive, yo ya no tengo que seguir viviendo igual que antes. No tengo que quedarme en las mismas luchas, en los mismos hábitos o en la misma forma de pensar. La resurrección de Jesús significa que hay vida nueva disponible para nosotras hoy, no solo una esperanza futura.
En Hechos 4:33 vemos algo muy hermoso. Los apóstoles daban testimonio “con gran poder” de la resurrección del Señor Jesús. Y si lo piensas, no era simplemente un mensaje que solo repetían de memoria, sino una verdad que había cambiado completamente sus vidas. Ellos no estaban hablando de una idea ni de una teoría bonita. Estaban hablando de alguien que realmente vive. Ellos habían visto al Señor resucitado, y por eso su mensaje tenía poder; no era solo información… era una vida transformada dando testimonio de un Salvador que está vivo. Y el resultado era claro: abundante gracia era sobre todos ellos.
Esto me confronta mucho porque cuando realmente entiendo que Jesús venció la muerte, se supone que algo en mi vida debería verse diferente. La resurrección no es solo una verdad que creo; es una realidad que empieza a reflejarse en cómo estoy viviendo. Debería verse gracia en mi forma de hablar, gracia en la manera en que trato a otros y gracia incluso cuando las circunstancias no son fáciles. Porque si Cristo vive en mí, entonces, otra vez, su vida también empieza a notarse en lo cotidiano. Entonces el fruto de la resurrección no es solo emoción espiritual, sino es evidencia visible.
Romanos 6 también debería tocarnos; este pasaje dice que fuimos sepultadas con Él y que ahora podemos andar en vida nueva. No se trata solo de que Jesús salió del sepulcro; también significa que yo ya no tengo que seguir viviendo en el mío. Entonces…en Cristo hay una vida nueva y esa vida empieza hoy. Eso lo cambia todo, significa que mi pasado no me define; significa que el pecado no tiene la última palabra, que la culpa no tiene autoridad permanente sobre mi corazón. Porque Él resucitó, yo puedo empezar a caminar de manera diferente. Andar en una vida nueva implica una decisión diaria; no es algo automático ni sencillo. Es recordar cada día quién soy en Cristo, es elegir responder con paciencia cuando antes reaccionaba con enojo, confiar cuando antes dudaba, y servir cuando antes pensaba solo en mí. Ese es el fruto de la resurrección: una transformación real.
Algo que me gusta mucho de Hechos 4 es que ese fruto no era solo individual; la gracia era sobre todos. Entonces, cuando una mujer vive conectada a la Vid, su vida inevitablemente impacta a los demás; su fe se fortalece, su esperanza contagia y su testimonio anima. La resurrección también produce valentía; los apóstoles predicaban aun con amenazas alrededor. ¿Por qué? Porque cuando sabes que la muerte ya fue vencida, el miedo pierde fuerza.
A veces yo, Abbi, quiero fruto sin proceso, quiero cambios rápidos, quiero ver resultados inmediatos, pero Romanos 6 también nos habla de estar plantadas juntamente con Él. Plantar implica profundidad, raíces y también tiempo. Este fruto no aparece de la noche a la mañana, pero sí llega cuando permanecemos en Él.
En conclusión:
- Estar conectada a la Vid no significa que no haya luchas; significa que hay vida fluyendo constantemente desde Cristo hacia mí.
- La resurrección no es solo una doctrina que creo, es una realidad que debo vivir.
- Y si Cristo verdaderamente vive en mí, algo tiene que notarse.
¿En qué área de tu vida necesitas recordar hoy que Cristo resucitó para comenzar a caminar en esa vida nueva que Él ya te dio?
- Detalles
Escrito por Caroline Prieto, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en João Pessoa, Paraíba, Brasil
La adolescencia fue una de las fases de mi vida en las que más me sentí disciplinada por mis padres. A los 13 años, decidí entregar mi vida al Señor y fui bautizada. Años después, recuerdo que mis amigos del colegio vivieron cosas que yo nunca había vivido. Muchos de mis compañeros iban a fiestas con regularidad y mis padres nunca me dejaban ir. Puedes imaginar que, para la mente de una adolescente, no era la mejor sensación ser excluida por no hacer lo que hacían los demás, aunque yo hubiera elegido ser cristiana. Varias veces rogué a mis padres que me dejaran ir a fiestas con mis amigos del colegio, pero la respuesta siempre era: ¡no!
Recuerdo que una vez confié en uno de esos compañeros. Le comenté que estaba muy frustrada porque sentía que mis padres no me dejaban hacer todo lo que quería, como salir a fiestas como los demás. La respuesta de mi compañera sigue viva en mi mente. Ella dijo: "Ojalá mis padres tampoco me dejaran ir a todas las fiestas. Siempre me dejan hacer lo que quiera... a veces siento que a mis padres ni siquiera les importo".
Me quedé sin palabras. Podía estar segura de que mis padres me querían. Mira, no creo que los padres de mi compañera no la quisieran, pero quizá creían que hacían lo mejor por ella según el contexto en el que vivían. No eran cristianos, así que probablemente creían que la mejor manera de ser buenos padres era no prohibir nunca nada.
En ese momento, fue como si todo cobrara sentido para mí. Hoy, años después de esa conversación, puedo mirar atrás y sentir aún más el inmenso amor que mis padres sentían por mí. Las prohibiciones, de hecho, eran pura disciplina. Fue un intento de evitar que me perdiera a mí misma. Hoy entiendo que mis padres velaban por mis mejores intereses y me estaban reafirmando su amor.
De manera similar, pero aun más profunda, Dios también hace esto con nosotras. Echa un vistazo a lo que está escrito en Hebreos 12:10-11 (NVI).
En efecto, nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien dolorosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella.
¿Cómo puedo aceptar ser llamada hija de Dios y rechazar Su disciplina hacia mí? ¡La disciplina es un regalo para los niños!
Mira lo grande que es el amor de nuestro Padre: cuando Dios nos permite ser disciplinadas, Él afirma que somos hijas legítimas, incluso cuando el mundo nos considera ilegítimas.
Quiero invitarte a reflexionar sobre algunas razones por las que veo la disciplina de Dios como algo bueno para nosotras, basándome en los versículos de Hebreos capítulo 12:
- La disciplina es una señal clara de que somos hijas de Dios y que Él nos ama.
Porque el Señor disciplina a los que ama y azota a todo el que recibe como hijo. Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. Porque, ¿qué hijo hay a quien el padre no disciplina? (Heb 12:6-7)
- El propósito de la disciplina es nuestro propio bienestar.
- A través de la disciplina podemos participar en la santidad de Dios.
En efecto, nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad" (Heb 12:10)
Compartir la santidad de Dios es una herencia, ¡y solo Sus hijos la reciben!
Es como si Dios nos dijera: “Eres mi amada hija, quiero lo mejor para ti y quiero que compartas la santidad conmigo... ¡por eso te estoy disciplinando!”
Pero, ¿qué significa realmente ser disciplinado por Dios?
Significa que tenemos que pasar por correcciones y procesos que Él permite, no como castigo por el rechazo, sino como prueba de amor y cuidado, con el objetivo de hacernos más como Cristo.
En la práctica, esta disciplina puede manifestarse de diversas maneras, por ejemplo: a través de la Palabra de Dios, a través de nuestros hermanos y hermanas en Cristo, por el Espíritu Santo e incluso por las consecuencias de nuestras malas decisiones.
Me gustaría concluir este blog con una cita de Albert Barnes: "Nunca he conocido a un cristiano que no se haya beneficiado de las aflicciones."
Por difícil que sea todo, todo lo que experimentamos obra junto para el bien de ser transformados a imagen y semejanza de Cristo. ¡Qué privilegio!
Sé que durante mi adolescencia no fue agradable que mis padres me disciplinaran, pero hoy puedo ver los frutos que he cosechado. Nuestro Dios también nos está disciplinando hoy para que más tarde podamos dar fruto de justicia y paz.
Te animo a que veas el cuidado diario de Dios hacia ti a través de la disciplina.
No dudes de la grandeza del amor de nuestro Padre.
¿Cómo has experimentado la disciplina del Señor en tu vida? ¡Piensa en esto!
