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Escrito por Gaby Medrano voluntaria en el Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Nicaragua
“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2Ti 4:7 RVR1960).
Este versículo, que resume el legado del apóstol Pablo, continúa inspirando a millones de creyentes en todo el mundo. Pablo pasó de perseguir a los cristianos a convertirse en uno de los más grandes predicadores del Evangelio. Su vida fue transformada por Cristo y, desde entonces, dedicó su tiempo a compartir las buenas nuevas, discipular creyentes y establecer iglesias: un misionero por excelencia.
El fruto de su ministerio no solo se vio en las congregaciones que fundó, sino también en las vidas que formó espiritualmente. En la Biblia podemos ver que tuvo varios hijos en la fe, hermanos a quienes enseñó, acompañó y ayudó a crecer espiritualmente. Como, por ejemplo:
“A Timoteo, verdadero hijo en la fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios nuestro Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor.” (1Ti 1:2)
“A Tito verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador.” (Tit 1:4)
También escribió:
“Porque, aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio.” (1Co 4:15)
Estos versículos muestran cómo el apóstol Pablo produjo frutos duraderos al formar hijos espirituales que continuaron enseñando y fortaleciendo la obra de Dios. Su ejemplo sigue inspirándonos a nosotros los cristianos de hoy a invertir en la vida espiritual de otros y a dejar un legado de fe que permanezca por generaciones.
¿Quién sería un Pablo en la actualidad?
En nuestros días, un Pablo puede ser aquella persona que invierte tiempo en la vida espiritual de otros. No necesariamente es un pastor o líder reconocido; puede ser un maestro de escuela dominical, un líder de grupo en el hogar, una madre cristiana, un evangelista, una líder de damas, una líder de un grupo pequeño de enseñanza o algún creyente que guía a otros hacia los pies de Cristo.
Un Pablo actual es alguien que:
- Comparte el evangelio con amor.
- Enseña la Palabra de Dios.
- Acompaña a nuevos creyentes en su crecimiento espiritual.
- Ora por sus hijos en la fe.
- Da ejemplo con su testimonio y conducta.
Nuestro Señor Jesús enseñó que el verdadero discípulo produce fruto que permanece.
La vida de Pablo y sus incomparables habilidades fueron un bien preciado para Dios, Pablo se entregó a Él sin reservas. Dios usó toda su formación, su educación, su inteligencia y su personalidad. Dios tuvo un siervo dispuesto que dio todo de sí hasta su último aliento. Al igual que Pablo, tú tienes dones y habilidades inigualables que te hacen de gran valor para el servicio de Dios.
A lo largo de la Biblia, la palabra fruto se refiere a la evidencia de lo interno. Si lo que está dentro de una persona está podrido, el fruto de la vida de esa persona también será malo. Cualquier persona que conoce a Cristo y se bautiza tiene a Jesucristo viviendo en su interior y debe dar buen fruto: el fruto de justicia (Fil 1:11), a medida que Dios brilla en esa vida. Se ha descrito el fruto del Espíritu como aquellas gentiles costumbres que el Espiritu Santo produce en el cristiano. En Gálatas 5:22-23, el apóstol Pablo enumera dichas gentiles costumbres, los dones de gracia: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza”.
Andar en el Espíritu significa:
- Vivir cada momento en sometimiento a Dios con integridad.
- Tratar de agradar a Dios con los pensamientos que decidimos abrigar, las palabras que elegimos pronunciar y las acciones que decidimos tomar.
- Dejar que nos guíe y nos transforme a cada paso del camino. Es dejar que obre en nuestro interior para que podamos glorificar a Dios.
Ahora bien, querida, déjame decirte rápidamente que andar en el Espíritu no significa que no tendrás días difíciles. No. Significa echar mano de los recursos que Dios ha provisto para que manejes tu día imposible y lo enfrentes a la manera de Dios, disfrutando de Su gracia, Su fortaleza y Su poder. Podrás manejar las dificultades de forma tranquila y calmada, y tendrás todo bajo control, gracias a la certeza de la paz, la paciencia y la templanza que Dios te regala por medio del Espíritu. Y ten siempre presentes estas dos verdades: el Espíritu Santo te habla cuando lees la Palabra de Dios y, si caminas en el Espíritu, el Espíritu Santo producirá su fruto en tu vida.
¿Estás dispuesta a dejar que Dios tome tu vida con todas tus cualidades, incluyendo tus fallos, y ponerlas a Su servicio? ¿O hay algunas áreas de tu vida que reservas para ti?
Nunca sabrás lo que Dios puede hacer a través de ti hasta que le permitas usar cada parte de ti, viviendo y siendo una sierva para Su gloria.
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Escrito por Wendy Neill, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Arkansas
Cuando Jesús estaba en la tierra, Su modelo era ir de pueblo en pueblo, enseñando a la gente sobre el Reino de Dios y respaldándolo con la autoridad de sanar y hacer milagros. Su ministerio dio frutos abundantes, ya que la gente creyó, se arrepintió y le siguió.
Pero Jesús sabía que Su tiempo en la tierra era corto. Parte de Su fruto fue enseñar a otros a hacer lo mismo. John Mark Comer, en su libro Practicing the Way (Practicando el Camino), señala que Jesús utilizó los mismos métodos que otros rabinos de su época. Eligió a sus discípulos, los hizo estar con Él, hacerse como Él, y luego hizo lo que hizo. Como aprendices de Jesús, estos son los mismos pasos que debemos seguir. Debemos pasar tiempo en Su presencia, volvernos como Él en la forma en que vivimos y hacer como Él hizo. Solo entonces podremos dar fruto.
En Mateo 10, había llegado el momento de que los doce pasaran a la última fase: hacer lo que Él hizo. Jesús les dijo que recorrieran Israel y les dio estas instrucciones:
Dondequiera que vayan, prediquen este mensaje: “El reino de los cielos está cerca”. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los que tengan alguna enfermedad en la piel, expulsen a los demonios. Lo que ustedes recibieron gratis, denlo gratuitamente (Mt 10:7-8 NVI).
En el pasaje paralelo de Lucas 9, dice: "Así que partieron y fueron por todas partes de pueblo en pueblo, predicando las buenas noticias y sanando a la gente" (Lc 9:6). En Marcos 6, leemos: «Los doce salieron y exhortaban a la gente a que se arrepintiera» (Mc 6:12). Los discípulos no fueron enviados con un mensaje diferente al que predicaba Jesús. Del mismo modo, si queremos dar fruto hoy, nuestro mensaje sigue siendo el mismo:
- ¡Tenemos buenas noticias!
- El Reino de Dios está cerca.
- Arrepiéntete: aléjate del pecado y acércate a Dios.
También descubrimos en el relato de Marcos que Jesús los envió de dos en dos. Dios sabe que nuestro fruto se maximiza cuando nos ayudamos unos a otros, especialmente porque enfrentaremos persecución. Jesús no lo endulza. Advierte a los doce que serán "como ovejas entre lobos", que algunos no los recibirán ni escucharán, que serán odiados y que algunos incluso serán arrestados y azotados (Mt 10:16-22). Pero en los versículos 26-31, reitera tres veces: «no tengan miedo». Lo respalda con una promesa: "A cualquiera que me confiese delante de los demás yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en el cielo" (Mt 10:32).
¿Te da miedo compartir tu fe? Deja que esta historia te recuerde algunas cosas importantes:
- Aprender a compartir tu fe es más fácil con un amigo.
- Probablemente recibirás resistencia, y puede ser muy fuerte.
- No tengas miedo.
- Jesús te dará la bienvenida al cielo si le reconoces ante los hombres.
En Lucas 10, Jesús expande Su equipo más allá de los doce.
Después de esto, el Señor escogió a otros setenta y dos para enviarlos de dos en dos delante de él a todo pueblo y lugar adonde él pensaba ir. La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros —les dijo—. Por tanto, pidan al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo (Lc 10:1-2).
Su trabajo era preparar el corazón de las personas para aceptar a Jesús cuando Él viniera a ellos, y pedir a Dios aun más trabajadores para recoger la cosecha de las almas. El envío de los 72 muestra que la fructificación nunca debió pertenecer solo a los apóstoles. Jesús amplió el círculo. Se necesitaban más trabajadores porque la cosecha era—y sigue siendo—abundante.
Jesús multiplicó intencionadamente Su ministerio preparando discípulos y enviándolos. Primero vinieron los doce, luego los 72, y finalmente todos los creyentes que llevarían el Evangelio al mundo. La misma invitación sigue vigente para nosotros hoy en día. A medida que pasamos tiempo con Jesús, nos volvemos más como Él y damos un paso con fe para hacer lo que Él hizo, Él puede usarnos para preparar corazones, compartir las buenas nuevas y recoger una cosecha para Su Reino. La cosecha sigue siendo abundante.
¿Cómo podría Dios estar pidiéndote que des fruto compartiendo las Buenas Nuevas con alguien de tu familia, barrio o comunidad?
