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Escrito por Abby Baumgartner, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Texas
En el colegio, ¿alguna vez intentaste cultivar una planta en una servilleta de papel mojada? Mi profesora de primaria le dio a cada alumno una pequeña semilla, una servilleta de papel húmeda y una bolsa de plástico. Colocamos la semilla dentro de la servilleta doblada, la servilleta dentro de la bolsa y la bolsa junto a una ventana. Durante una semana, vimos cómo brotaban las semillas, pero las plantas no duraron mucho. Un brote no puede sobrevivir para siempre en una servilleta de papel mojada — de hecho, el tallo se rompe si la planta no está enraizada en una fuente con fuerza y sustento. Una planta no puede vivir y crecer sin fijar sus raíces a algo más fuerte que ella.
Esta lección de ciencia, que parece trivial, también resulta cierta en la vida. Cuando dependemos de nuestras propias capacidades para crecer, tenemos éxito durante un tiempo, pero sin estar arraigados en una fuente más fuerte, continuamente nos quedamos cortos. Las Escrituras también reflejan esta idea. Cuando el SEÑOR sacó a los israelitas de Egipto, se comprometieron a seguir al Dios viviente que realizó milagros, los sacó de la cautividad y abrió el Mar Rojo. Sin embargo, su crecimiento en la confianza en Dios no había echado raíces — seguían cuestionándose cómo Él proveería comida y agua, dudaban de Su protección y elegían consistentemente sus propios deseos en lugar de la cercanía a Dios.
Pero, antes de juzgar a los israelitas de antaño, debo recordar que lucho con las mismas cosas. Las Escrituras dicen que "todos han pecado y están privados de la gloria de Dios" (Ro 3:23 NVI). Si pudiera arreglar mis propios defectos, no necesitaría un Salvador. Veo áreas de la vida en las que quiero crecer, pero lograr un cambio positivo y duradero es un trabajo duro. Por ejemplo, en el pasado me costó mucho con los cotilleos o el chisme. Quería honrar a Cristo y a los demás poniendo fin a mis hábitos pecaminosos, pero mi fuerza de voluntad no era suficiente. La buena noticia es que fui "justificado por su gracia como un don, a través de la redención que está en Cristo Jesús" (Ro 3:24). No se me escapó, pero quería crecer en mi capacidad para honrarle plenamente... ¿Qué podía hacer?
En su carta a los colosenses, Pablo escribió: "Por eso, de la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, vivan ahora en él, arraigados y edificados en él, confirmados en la fe como se les enseñó y llenos de gratitud" (Col 2:6-7).
Una tentación central de la vida es decir que puedo ser la fuente de mi propio crecimiento, que dentro de mí contengo todo lo necesario para ser mejor persona. Aunque cada persona debe contribuir a crear un cambio saludable en su vida, el crecimiento solo echa raíces cuando estamos "arraigados" en Cristo. Este pasaje en Colosenses se ha convertido en uno de mis favoritos porque resalta mi humildad, la suficiencia de Cristo y nuestra constancia.
Primero, mi humildad: Pablo dice que debemos "vivir" en Cristo de la misma manera que "recibimos" a Cristo (Col 2:6). Recibí a Cristo en las situaciones más humildes. Era consciente de mi insuficiencia y de mi necesidad de un Salvador, y me acerqué a Cristo con una dependencia infantil. Al eliminar los cotilleos de mis relaciones, reconocí que mi fuerza solo podía llegar hasta cierto punto: necesitaba dejar atrás mi orgullo y acudir a Cristo en busca de ayuda.
Segundo, la suficiencia de Cristo: Cristo es más que capaz de satisfacer mis necesidades porque cuando estoy "enraizado" en Él, también estoy "arraigado" y "edificado" (Col 2:7). Cuando me centro más en todo lo que Cristo me da, aprendo a confiar en Él para que mantenga mi necesidad de conexión que intenté llenar a través del chisme. Solo entonces pude dejar atrás el miedo que me impulsaba a buscar conexión de formas poco saludables.
Por último, nuestra coherencia: con el tiempo, desarrollamos coherencia en nuestra relación con Cristo. Al ver Su obra en mi vida, mis raíces son profundas y crezco hasta estar "confirmados en la fe […] y llenos de gratitud" (Col 2:7). Ahora, mi vida da fruto de alegría y acción de gracias porque mis raíces están en Cristo.
Al avanzar hoy, piensa: ¿Cómo puedes recordar tu raíz en Cristo y cómo puedes buscar el fruto de esa raíz?
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Escrito por Sharit Saman Zapata, voluntaria en el Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Perú
Imagina un árbol en el desierto que desde lejos parece fuerte y robusto, pero al acercarte descubres que está seco, sin savia ni frutos, podrido por dentro; su fuerza era solo apariencia. Ahora imagina otro árbol junto a un río, lleno de frutos y hojas brillantes; no lucha por sobrevivir, crece en calma y por eso desborda vida.
¿Cuál de los dos árboles se parece más a nuestra vida espiritual?
Dichoso es quien no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los burladores, sino que en la Ley del Señor se deleita y día y noche medita en ella. Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan. Todo cuanto hace prospera. (Sal 1:1-3)
Muchas de nosotras, tras años en la Iglesia, aprendemos a vernos bien desde lejos: hablamos como cristianas, nos movemos en ambientes de fe, dominamos pasajes bíblicos y practicamos disciplinas… pero por dentro algo no crece. Lo peligroso es estancarse, acostumbrarnos a vivir así, hacer lo “correcto” sin satisfacción: oramos, leemos la Biblia, nos rodeamos de cristianos…y seguimos vacías.
Esta es una lucha real, pero no deberíamos permitir quedarnos mucho tiempo en este estado ni conformarnos. Hay gran diferencia entre estar ocupada con cosas de Dios y estar realmente arraigada en Él.
Algunos consejos que podemos sacar de Salmos 1:1-3:
- Deja de caminar donde no debes.
“no sigue el consejo de los malvados...”
Antes de hablar de raíces, el salmista señala la dirección: ¿cómo crecer en Dios si escuchamos voces y tomamos decisiones que nos alejan de Él? Es como un árbol en tierra seca: sus frutos, aunque haya, estarán contaminados. Jesús dijo: “Nadie puede servir a dos señores… no pueden servir a la vez a Dios y a las riquezas” (Mt 6:24). Muchas veces no crecemos porque tenemos nuestro corazón dividido entre obediencia y comodidad y no queremos soltar lo que nos impide avanzar.
- Deja de “intentar” y empieza a deleitarte.
“sino que en la Ley del Señor se deleita.”
Aquí vamos a encontrar el problema real: no es falta de disciplina, es falta de deleite. Puedes leer la Biblia todos los días y seguir seca, podemos orar y seguir vacías, todo esto porque Dios no está buscando rutinas, está buscando amor genuino. Y si lo pensamos mejor, nadie necesita recordatorios para hacer algo que ama, en Salmos 42:1 dice: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.” Esa es nuestra referencia, no es obligación, es hambre, si tu relación con Dios se siente pesada, no es un problema de agenda… es un problema de corazón. Porque un árbol no debe visitar el agua, debe vivir conectado a ella.
- Permanece, no estés solo de pasada.
“día y noche medita en ella”
A veces tratamos a Dios como una parada rápida: un devocional corto, una oración antes de dormir, una canción en el camino, mientras el resto de nuestra vida está desconectada. Jesús dice: “Separados de mí no pueden hacer nada” (Jn 15:5). No dice solo un poco, dice NADA. Es como un celular de última generación, aunque tenga todo el potencial, sin estar cargado o conectado, no sirve; así es tu vida espiritual si no permaneces en Él.
- El fruto será inevitable, si las raíces son reales y firmes.
“Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto”
Muchas personas se frustran buscando fruto inmediato, pero el pasaje dice que será a su tiempo. Como el árbol que permanece junto a su fuente, sin compararse ni forzar, este solo se esfuerza en permanecer junto a su fuente y el fruto viene por añadidura. En Gálatas 5:22–23 vemos el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz,… Este fruto crece cuando estamos conectadas. Si no hay fruto, el problema no es el fruto, sino las raíces.
No necesitas otra estrategia espiritual ni un plan perfecto; necesitas decidir HOY dónde estás plantada. Puedes estar ocupada con cosas cristianas o ser una mujer realmente arraigada junto al río. Esas dos cosas no son lo mismo. ¿Cuánto más vas a conformarte con una vida que parece fuerte por fuera, pero por dentro está seca?
