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Escrito por Michelle J. Goff, Fundadora y directora ejecutiva del Ministerio Hermana Rosa de Hierro
Sigan ustedes mi ejemplo, como yo sigo el ejemplo de Cristo. (1Co 11:1 DHH)
Imítenme, así como yo imito a Cristo. (1Co 11:1 NVI)
Inmediatamente después de mi graduación de la universidad, mis padres y yo fuimos en caravana directamente a Atlanta, Georgia, donde iba a trabajar como asistente del director de misiones, Bob Brown, misionero en Venezuela durante muchos años. Dos años antes, había trabajado en un internado como estudiante bajo su supervisión y había comenzado a viajar mucho con él y con otros a Venezuela, Colombia, México y hasta Kazajistán.
Comencé a hacer muchos de esos viajes sola, exponiendo en conferencias de mujeres, apoyando a congregaciones recién establecidas, sirviendo en campañas evangelísticas y como consejera y maestra en convenciones de jóvenes. Entre los colaboradores locales del Reino, fui conocida como Michelle “secretaria de Bob”. Ese sobrenombre se convirtió en mi apellido y la manera más popular para identificarme.
Después de un año y medio trabajando juntos en Atlanta, Bob y su familia decidieron aceptar la invitación de un grupo en Denver, Colorado, para colaborar en el establecimiento de una nueva congregación en el sur de la ciudad. Adicionalmente, querían establecer una congregación de habla hispana en el área. Más del 33% de la población era hispanohablante pero no había ninguna iglesia de Cristo en toda el área metropolitana.
Me invitaron a unirme al equipo que se estaba formando para cumplir con esas necesidades del Reino en Denver. Pero me sentía dividida e indecisa. También tenía una invitación a sustituir a Bob en el trabajo que él estaría desocupando como director de misiones. Y al mismo tiempo, otra iglesia me había ofrecido la oportunidad de recibir todo el apoyo económico necesario para un compromiso de 3 a 5 años en la ciudad que yo escogiera.
¡Aaaaaaahhhhhh! ¿Qué hacer? Te puedes imaginar las noches sin dormir, de lucha e indecisión. También buscaba consejos sabios sobre esa decisión tan pesada que sentía que dirigiría el camino del resto de mi vida.
Naturalmente, pedí consejo a mi mentor y jefe. Uno de mis argumentos para no ir a Denver fue que no quería que la gente dijera que yo estaba siguiendo a Bob… “Por supuesto que ella se mudó a Denver. Sólo está siguiendo a Bob.” Y su respuesta a mi temor fue: “¿Qué importa si dicen que me estás siguiendo? ¿Cuál es el problema?”.
“¡No debería seguir a ningún hombre… tal vez si estuviera casada… pero debo seguir exclusivamente a Cristo!”.
“Anda y lee 1 Corintios 11:1”.
“¡Lo he leído y tengo problemas con ese versículo!” (La traducción actual que estaba en mi mente en ese momento era: “Sígueme, como yo a Cristo”).
“Entonces, debes ir y meditar en ese versículo”.
“¡Ay!”.
Puedo acordarme de esa conversación y mi nivel de frustración como si fuera ayer. Lo que también recuerdo es el tiempo que sí pasé meditando en ese versículo. En mi interpretación inmadura, sólo estaba enfocada en la frustración de un llamado a seguir a Pablo o a cualquier persona que no fuera Cristo mismo. A través de la oración y la meditación en 1 Corintios 11:1, Dios reveló la importancia de la segunda frase, “como yo a Cristo”.
El Señor, a través de Pablo, no nos llamo a seguir o imitar a otros ciega o ingenuamente, ni sin ninguna discriminación. Dios nos llama a seguir a Cristo y Sus pisadas (1Pe 2:21). Pero Dios también nos ha provisto con ejemplos imperfectos, otros seguidores o discípulos de los cuales podemos aprender y crecer.
Si alguien peca, no debo seguirles en el pecado. Pero si alguien demuestra arrepentimiento, huye de su pecado e imita a Cristo en sus pasos para aceptar la gracia y misericordia que Dios ofrece, yo debería seguir sus pasos de arrepentimiento en cualquier área que me aplique.
Sígueme, como yo sigo a Cristo. “Imítenme, así como yo imito a Cristo” (1Co 11:1 NVI). Espero que todos podamos decir esas palabras y declararnos seguidores fieles de Cristo que navegan imperfectamente el andar en luz como Él está en la luz (1Jn 1:7).
Este es el mensaje que hemos oído de él y que anunciamos: Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad. Si afirmamos que tenemos comunión con él, pero vivimos en la oscuridad, mentimos y no ponemos en práctica la verdad. Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado.Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. Si afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no está en nosotros. (1Jn 1:5-10)
¿A quién estás siguiendo hoy?
¿Quién te está mirando como ejemplo de cómo seguir a Cristo?
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Escrito por Johanna Zabala, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Venezuela
Una vez, cuando iba vestida de blanco en un día lluvioso, me manché de barro. De inmediato se observó la incomodidad de todos al verme con ese sucio tan llamativo. Desde aquel día, no me visto tan frecuentemente de blanco y prefiero colores oscuros para evitar ensuciarme.
Aquel precioso y recordado vestido ya nunca fue igual; es decir, comencé a cuidarlo más. Logré, sí, quitar la mancha, pero cada vez que lo usaba, estaba más pendiente de él. Considero que todo es aprendizaje y nos hace crecer. Entonces, ya aprendí que es demasiado fácil transformar algo blanco y limpio a algo sucio, más no tan fácil volverlo a transformar ya después de sucio.
Desde mi nuevo nacimiento, celebro la nueva vida en Cristo Jesús (2Co 5:17). En ella, cada día es un proceso pleno de metamorfosis. Entre grandes desafíos, pasiones, sacrificios, distracciones, luchas y convicciones de fe en nuestro Señor, el Espíritu Santo hace una labor constante en la carne que pule sin igual como oro refinado para la gloria de nuestro Dios Todopoderoso (1P 1:7).
El Espíritu Santo, en transformación constante, me ha limpiado de sentimientos, pensamientos y acciones. En el logro de dicho trabajo espiritual, y humano al mismo tiempo, se necesita de un cambio interno para poder reflejar el Espíritu Santo y que sea Dios trabajando y transformando mi carácter de día en día, para perfeccionar mi actitud y asemejarla a la del Señor Jesucristo. No es fácil, es un caminar de perseverancia y negación constante de mi yo (Lc 9:23).
Pero cada vez que evalúo cómo era mi vida antes de conocer a Cristo, internalizo y doy gracias a Dios porque no sé qué sería de mi vida sin la acción transformadora del Espíritu Santo, en especial en los momentos cuando la fe se fatiga. Pero esto resulta para dejar a un lado mi posición acomodada y enfocarme en la negación de mis propósitos y deseos terrenales, con la mirada puesta en Jesús (Heb 12:2), para así poder seguirle y amarle en obediencia y verdad.
¿Qué requiere de mí? Esfuerzo, confianza y constancia. Debo dejar que sea Dios el que diga, haga y accione de la forma que solo Él actuaría. Debo también reconocer en cada instante la acción divina e intercesora de Dios moldeando mi mente y corazón.
En ese amor transformador que me ha envuelto y enamorado desde que me amó primero, ha sido el mismo Dios en Su infinito poder y misericordia que me ha levantado y fortalecido en todas las áreas de la vida con Él. Comenzó en mi carácter y me ha domado desde el corazón para formar en mí el propósito santo que lleva Su nombre.
Todo en la vida se transforma, todo cambia; por lo tanto, no te resistas a cambiar. Pues, resucitarás con Él, mediante la obediencia del evangelio (Hch 2:38) y al ser crucificada juntamente con nuestro Salvador (Gá 2:20). Él es nuestro Príncipe de Paz, el Alfa y la Omega, el Camino, la Verdad, la Vida, el Agua viva, el Pan de vida, el Amigo fiel, el Rey de reyes, el Señor de señores y, por supuesto, quien nos transforma. Síguele y Él hará en ti lo que está haciendo en mí.
