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Escrito por Ann Thiede, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Searcy, Arkansas
Jesús la Vid (Jn 15) desea que nosotros, que estamos unidos a Él, demos fruto que perdure, empezando por sembrar semillas de la Palabra de Dios. En Su época, personas improbables ansiaban la justicia que Él ofrecía libremente: pecadores, prostitutas, recaudadores de impuestos. Solo Dios sabe si un corazón es duro o fértil para recibir Su Palabra.
Los discípulos de Jesús nos dieron ejemplo, aprendiendo a sembrar semillas de la Palabra y continuando haciéndolo después de que Jesús ascendiera al Cielo. Presta atención a este relato en el libro de los Hechos:
Aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia en Jerusalén y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Saulo, por su parte, causaba estragos en la iglesia: entraba de casa en casa, arrastraba a hombres y mujeres y los encarcelaba. (Hch 8:1b-4 NVI)
¡Los discípulos esparcieron semillas por todas partes! ¡Qué imagen tan bonita! Y, por sobre todo, la persecución les motivaba. Saulo, el perseguidor acérrimo de los cristianos, se convirtió en Pablo, el maestro sembrador, abrumado por la verdad de la gracia y misericordia de Jesús. Explica una técnica a la iglesia de Corinto: "Yo sembré, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento" (1Co 3:6).
Hoy, muchas almas están cansadas, resecas y hambrientas, en gran necesidad de alimento espiritual, igual que en tiempos de Cristo. Considera estas palabras:
Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. “La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros —dijo a sus discípulos—. Por tanto, pidan al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo”. (Mt 9:36-38)
¿Alguna vez te has conmovido como Jesús? Ves una multitud de personas en algún lugar, quizá un aeropuerto o algún tipo de reunión, y te das cuenta de que muchos de ellos, apresurados en su camino con quién sabe qué pasa en sus vidas, necesitan a Jesús. Puedes sentirte abrumado y pensar: "¿Qué puedo hacer? ¡Solo soy una persona!" Quizá Jesús diría: "Solo comparte las Buenas Nuevas — un alma a la vez. Planta o riega lo que otros hayan plantado, y daré el aumento a Mi Reino."
Pero podrías pensar: "No conozco bien la Biblia" o "¿Qué podría yo decir?" o "Ese no es mi don" o "Tengo miedo al rechazo".
Aquí tienes algunas cosas que pueden ayudar a plantar y regar las hermosas semillas de Dios:
- Por encima de todo, acércate a Jesús cada día en Su Palabra y oración, y deja que Su Espíritu te llene de amor, misericordia y gracia. Aquí va una escritura alentadora: "al ver la osadía con que hablaban Pedro y Juan, y al darse cuenta de que eran gente sin estudios ni preparación, quedaron asombrados y reconocieron que habían estado con Jesús” (Hch 4:13).
- Como sabes cuánto te han dado, planta semillas del amor de Cristo para ablandar corazones (2Co 5:14). La cantante cristiana Olivia Lane compartió en la emisora Sirius XM The Message que no fue ir a la iglesia ni leer la Biblia lo que la llevó a Cristo. Fueron dos creyentes que la amaron y compartían la sanación que Cristo quería darle lo que dio frutos duraderos.
- Pide al Espíritu Santo que deje que el amor venza al miedo y comienza una conversación. Aquí tienes algunas sugerencias: empieza simple. "¿Eres una persona de fe?" (sin asumir nada). Permite que compartan sus respuestas. Escucha. Haz preguntas. Dirígelos hacia Jesús y lo que Él ha hecho en tu vida. Comparte Su amor por ellos y el precio que pagó. "Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios" (2Co 5:21). Pregunta si quieren leer uno de los Evangelios, como Lucas o Juan, contigo, ya sea que conozcan o no la Biblia.
- Sigue orando por la persona en la que plantas o riegas para que el Espíritu de Dios actúe poderosamente, la vuelvas a ver o no.
Ama. Comparte a Jesús. Sigue plantando y regando. ¡Ora! ¡Sé testigo de Dios dando el aumento aquí en la tierra! Puede que no veamos algunos de los resultados en esta vida, pero ¡qué maravilloso será encontrar almas en el Cielo en las que plantamos la Palabra de Jesús!
¿Compartirías con otro cristiano las sugerencias anteriores y os animaríais mutuamente? ¡Dios trabajará en ti!
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Escrito por Kim Solis, voluntaria en el Ministerio Hermana Rosa de Hierro
Mientras estoy sentada en mi escritorio en Keizer, Oregón, observando el paisaje invernal árido, contemplando esta entrada del blog sobre el proceso de dar fruto, estoy mordisqueando un manjar especial producido por los arbustos de mi propio jardín: arándanos congelados, dulces y agradables, un recordatorio de la abundante cosecha de finales de verano. Es curioso, soy una terrible jardinera, pero estos arbustos producen los frutos más deliciosos. ¿Por qué? Sé que hay factores externos que afectan al crecimiento de las plantas —lluvia, sol, temperaturas—, pero también sé que no he hecho nada para controlar esos factores salvo encender el sistema de regado para que sobrevivan al calor del verano. Mis arbustos dan fruto simplemente porque es lo que hacen los arbustos de arándano sanos.
Cuando aplico esto a mi propio proceso de dar fruto, me sorprenden dos pensamientos y versículos.
- Nuestro versículo lema de este año
Juan 15:8 dice que cuando damos fruto, estamos dando gloria a Dios y mostrándonos como Sus discípulos.
No sabría qué tipo de arbustos hay en mi jardín si no fuera por el fruto que dan. Un año, los podé demasiado para el invierno y al verano siguiente no dieron fruto. Pensé que los había matado, pero al año siguiente, produjeron aún más abundantemente que nunca, y los arándanos eran aún más grandes y dulces que antes. Esa es otra analogía completamente diferente, pero el punto está claro: el fruto nos permite saber el tipo de planta y su estado de salud.
Te invito a analizar qué tipo de fruto estás produciendo y qué dice sobre tu relación con Dios. ¿Puede la gente saber que eres discípulo por tus frutos?
- La parábola del sembrador en Mateo 13
Cuando me mudé a esta casa hace casi cuatro años, también había dos jardines vacíos esperando a que se sembrara la semilla. He probado maíz, calabaza, tomates, pimentones y ahora moras y frambuesas. He visto crecer y marchitarse plantas, brotar y florecer malas hierbas, cultivos enfermos y abundantes, y las palabras de la parábola se han convertido en imágenes en mi mente, mostradas en mi propio jardín. Algunas semillas dan fruto y otras no.
Aunque el destino de mi cosecha se debe en gran medida a mi diligencia o falta de ella, 1 Corintios 3:7 deja claro que, al hablar de fruto espiritual, "no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino solo Dios porque es quien hace crecer" (NVI).
Entonces, si no controlo realmente el crecimiento, ¿cuál es entonces mi papel en la producción de frutos para el reino?
Simplemente soy el sembrador, esparciendo semillas en mi camino... cuando voy a la escuela, cuando voy al trabajo, cuando interactúo con quienes me rodean. Como la cabeza de un diente de león (amargón), blanca y peluda, llevada por una brisa.
Las semillas son simplemente el producto del fruto que ya existe; la parte que se dispersa con la esperanza de echar raíces y dar origen a otra planta. Cuando la Palabra de Dios echa raíces en nuestros corazones, produce los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio, y cuando estos frutos maduran, se desbordan en la vida de quienes nos rodean a través de nuestras acciones cristianas, sembrándose en la tierra de sus corazones. Nuestro fruto no es nuestro celo, nuestra obediencia, nuestra ausencia de pecado ni nuestro conocimiento, sino la forma en que actuamos e interactuamos con los demás.
¿Qué frutos son evidentes en tu vida, palabras y acciones?
¿Qué semillas estás sembrando en el corazón de quienes te rodean?
