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Escrito por Kim Solis, voluntaria en el Ministerio Hermana Rosa de HierroKim Solis 1

Mientras estoy sentada en mi escritorio en Keizer, Oregón, observando el paisaje invernal árido, contemplando esta entrada del blog sobre el proceso de dar fruto, estoy mordisqueando un manjar especial producido por los arbustos de mi propio jardín: arándanos congelados, dulces y agradables, un recordatorio de la abundante cosecha de finales de verano. Es curioso, soy una terrible jardinera, pero estos arbustos producen los frutos más deliciosos. ¿Por qué? Sé que hay factores externos que afectan al crecimiento de las plantas —lluvia, sol, temperaturas—, pero también sé que no he hecho nada para controlar esos factores salvo encender el sistema de regado para que sobrevivan al calor del verano. Mis arbustos dan fruto simplemente porque es lo que hacen los arbustos de arándano sanos.

Cuando aplico esto a mi propio proceso de dar fruto, me sorprenden dos pensamientos y versículos.

  1. Nuestro versículo lema de este año

Juan 15:8 dice que cuando damos fruto, estamos dando gloria a Dios y mostrándonos como Sus discípulos.

No sabría qué tipo de arbustos hay en mi jardín si no fuera por el fruto que dan. Un año, los podé demasiado para el invierno y al verano siguiente no dieron fruto. Pensé que los había matado, pero al año siguiente, produjeron aún más abundantemente que nunca, y los arándanos eran aún más grandes y dulces que antes. Esa es otra analogía completamente diferente, pero el punto está claro: el fruto nos permite saber el tipo de planta y su estado de salud.

Te invito a analizar qué tipo de fruto estás produciendo y qué dice sobre tu relación con Dios. ¿Puede la gente saber que eres discípulo por tus frutos?

  1. La parábola del sembrador en Mateo 13

 Cuando me mudé a esta casa hace casi cuatro años, también había dos jardines vacíos esperando a que se sembrara la semilla. He probado maíz, calabaza, tomates, pimentones y ahora moras y frambuesas. He visto crecer y marchitarse plantas, brotar y florecer malas hierbas, cultivos enfermos y abundantes, y las palabras de la parábola se han convertido en imágenes en mi mente, mostradas en mi propio jardín. Algunas semillas dan fruto y otras no.

 Aunque el destino de mi cosecha se debe en gran medida a mi diligencia o falta de ella, 1 Corintios 3:7 deja claro que, al hablar de fruto espiritual, "no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino solo Dios porque es quien hace crecer" (NVI).

Entonces, si no controlo realmente el crecimiento, ¿cuál es entonces mi papel en la producción de frutos para el reino?

Simplemente soy el sembrador, esparciendo semillas en mi camino... cuando voy a la escuela, cuando voy al trabajo, cuando interactúo con quienes me rodean. Como la cabeza de un diente de león (amargón), blanca y peluda, llevada por una brisa.

Las semillas son simplemente el producto del fruto que ya existe; la parte que se dispersa con la esperanza de echar raíces y dar origen a otra planta. Cuando la Palabra de Dios echa raíces en nuestros corazones, produce los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio, y cuando estos frutos maduran, se desbordan en la vida de quienes nos rodean a través de nuestras acciones cristianas, sembrándose en la tierra de sus corazones. Nuestro fruto no es nuestro celo, nuestra obediencia, nuestra ausencia de pecado ni nuestro conocimiento, sino la forma en que actuamos e interactuamos con los demás.

¿Qué frutos son evidentes en tu vida, palabras y acciones?

¿Qué semillas estás sembrando en el corazón de quienes te rodean?