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Escrito por Liliana Henríquez, voluntaria en el Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Colombia
Mi época escolar coincidió con los inicios de la carrera musical de Shakira. En aquel tiempo, era fácil reconocer a una de sus fanáticas: bastaba con verla usando pantalones de cuadros. ¡Fue una moda impresionante! Todas queríamos tener unos. Y lo curioso es que no hacía falta decir que éramos fanáticas de Shakira; nuestra forma de vestir lo comunicaba por sí sola.
Algo parecido sucede con nosotras como cristianas. Muchas veces no necesitamos decir nada para comunicarlo todo. Nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestra manera de vivir hablan de quiénes somos y de a quién seguimos.
Como nos recordó Nila en la reunión virtual de junio, dar fruto es algo natural. Una rama conectada a la vid produce fruto porque esa es su naturaleza. No tiene que esforzarse por aparentar que está viva. El fruto aparece como resultado de permanecer conectada a la fuente que le da vida.
De la misma manera, cuando permanecemos en Cristo, el fruto comienza a manifestarse en nuestra vida. Se refleja en nuestra paciencia, en nuestra forma de amar, en nuestra capacidad de perdonar y en la paz que experimentamos aun en medio de circunstancias difíciles.
Pero vayamos un poco más profundo...
Siguiendo con el ejemplo de Shakira, no era lo mismo usar los pantalones de cuadros que conocer todas sus canciones. Quienes nos sabíamos las letras demostrábamos que realmente habíamos dedicado tiempo a escuchar su música. Había algo más que una apariencia externa.
Con Jesús sucede algo similar. Cuando pasamos tiempo con Él a través de Su Palabra, comenzamos a pensar, hablar y actuar de una manera diferente. Nuestras palabras reflejan lo que llena nuestro corazón, y nuestras acciones evidencian la cercanía de nuestra relación con Él.
A veces queremos reflejar a Cristo sin pasar tiempo con Cristo. Queremos tener las respuestas correctas, las palabras adecuadas y la sabiduría necesaria para ayudar a otros, pero olvidamos que todo eso nace de una relación cercana con Él. No existen atajos para dar fruto abundante.
Necesitamos pasar tiempo con Dios. Es en ese espacio de intimidad donde el Espíritu Santo nos enseña, nos transforma y nos recuerda las verdades que necesitamos en cada momento.
Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho. (Jn 14:26 NVI)
Y si alguna vez sientes temor de no saber qué decir o cómo compartir a Jesús con otras personas, tranquila. No depende de tu elocuencia ni de tener todas las respuestas. Tu responsabilidad es estar disponible y dispuesta a ser un instrumento en las manos de Dios para animar, instruir, consolar y bendecir a otros. El Espíritu Santo se encargará del resto.
Porque en ese mismo momento el Espíritu Santo les enseñará lo que deben decir. (Lc 12:12)
¿No has experimentado alguna vez que, mientras conversas con alguien, surge en tu mente un consejo, una palabra de ánimo o una perspectiva que no habías planeado compartir? Tal vez llegaste a esa conversación pensando que no tenías nada importante que aportar y, de repente, encontraste las palabras exactas que la otra persona necesitaba escuchar.
Me atrevo a decir que muchas hemos vivido algo parecido. Y cuando sucede, solemos preguntarnos: “¿De dónde salió eso?”. Ahí podemos ver la obra del Espíritu Santo usando nuestra vida para edificar a otros. Lo maravilloso es que Dios no necesita personas perfectas para cumplir Sus propósitos. Él usa corazones dispuestos, personas que han aprendido a escucharlo y que están disponibles para ser guiadas por Él.
Me gusta pensar en esto como una sincronización. Así como el correo electrónico se actualiza automáticamente en todos los dispositivos conectados, nuestra mente y nuestro corazón se alinean con Dios cuando permanecemos cerca de Él. Mientras más conectadas estemos, más sensibles seremos a Su dirección y más fácil será reconocer Su voz en medio de las situaciones cotidianas.
Entonces, ¿cuál es la clave?
Permanecer cerca de Jesús. Pasar tiempo en Su presencia. Permitir que Su Palabra transforme nuestro corazón. Y cuando llegue el momento de hablar, confiar en que el Espíritu Santo pondrá las palabras correctas en nuestra boca.
Deja que Dios te use. Cuando camines cerca de Él, descubrirás que sí sabes qué decir.
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Escrito por Deanna Brooks, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Arkansas
¿Has notado cómo a veces Dios hace algo inesperado?
Cuando leemos la genealogía de Jesús escrita por Mateo, cinco mujeres aparecen en el grupo. ¿Por qué aparecen estas mujeres en la lista? Ninguna de ellas habría sido aceptada por los líderes religiosos por diversas razones, pero nuestro Padre Celestial las eligió para formar parte del linaje ancestral de Su Hijo.
Tamar - Probablemente era una gentil... No era israelita. Se casó con los dos hijos mayores de Judá, que fueron descritos como malvados (Gn 38:7, 10). Tamar fingió ser prostituta cuando se dio cuenta de que Judá no iba a permitirle casarse con el tercer hijo. Uno de los gemelos que tuvo del encuentro con Judá se convirtió en antepasado de Jesús.
Rahab - Era cananea, residente de Jericó, descrita como prostituta o ramera. Cuando los espías entraron en su ciudad, les dio refugio. Después, les dijo que sabía lo que su Dios había hecho en Egipto y a lo largo de los años, y pidió protección cuando vinieron a conquistar Jericó (Jos 2:8-13). Rahab es mencionada como alguien que tenía fe en Hebreos 11. Ella y su familia fueron salvados durante la destrucción de Jericó porque dio una bienvenida amistosa a los espías. Se casó con Salmón, un israelita, y fue tatarabuela del rey David.
Rut - Era de la tierra de Moab. Deuteronomio 23 prohíbe el matrimonio con moabitas, porque no habían recibido a los israelitas al pasar por su tierra de camino a la Tierra Prometida. Rut había aceptado la fe de Noemí y se convirtió en seguidora de Dios (Rut 1:16). Regresó con Noemí a Belén y cuidó de ella. Rut se casó con Booz, hijo de Rahab, y fue bisabuela del rey David.
Betsabé - Era una israelita casada con Urías el hitita, uno de los hombres poderosos de David. El rey David llevó a Betsabé a su cámara privada mientras Urías estaba en el campo de batalla, y ella quedó embarazada del hijo de David (2Sa 11). ¿Participó voluntariamente o se resistió? Las Escrituras no lo dicen. Probablemente se habría estado bañando en un patio cerrado con techo abierto cuando David la vio. Solo alguien que estuviera a mayor altitud podría haberla visto. Creo que es justo decir que David aprovechó una situación que encontró accidentalmente, y debido a su poder como rey y al estatus de las mujeres, probablemente ella no se resistió. Cuando David organizó la muerte de Urías, tomó a Betsabé como esposa. Le dio cuatro hijos después de que el primero muriera. Natán fue el tercer hijo de los cuatro que vivieron y perteneció a la línea de Jesús.
María - Era una israelita a quien el ángel Gabriel se le apareció y le dijo que se convertiría en madre del Hijo de Dios. No se nos cuenta qué pasó por su mente al saber que se enfrentaba a un embarazo fuera del matrimonio… una situación en la que habría murmuraciones y acusaciones… una situación que solía recibir como castigo la lapidación. La sumisión de María se ve en Lucas 1:38 cuando le dice a Gabriel: "Aquí tienes a la sierva del Señor —contestó María—. Que él haga conmigo como me has dicho" (NVI).
Cada una de estas mujeres se encontraba en una situación no buscada y fuera de su control. Dios las usó para servir a Su propósito... así como puede usar a cada una de nosotras.
Observa la situación que cada una enfrentó y piensa en cómo hubieras respondido.
Tamar enviudó dos veces y tuvo gemelos a través de una relación ilícita.
Rahab era una ramera, entreteniendo a hombres para ganarse la vida, pero protegió a los espías.
Ruth quedó viuda y dejó su tierra natal para cuidar de su suegra.
Betsabé era una mujer casada, llamada por el rey para una noche de adulterio, y quedó embarazada mientras su marido estaba en la guerra. Muchos estudiosos piensan que es la mujer mencionada en Proverbios 31 que aconsejó al rey Lemuel, posiblemente un apodo para el rey Salomón.
María encontró el favor de Dios, se comprometió con José, pero estaba esperando un hijo fuera del matrimonio... Un embarazo con una historia que muchos no creerían.
Cada una de estas mujeres confió en Dios.
¿Confiamos en Dios cuando las circunstancias de la vida nos llevan por un camino inesperado?
