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Escrito por Naraiane Silva, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Ponta Grossa, Paraná, Brasil
Traigo a la memoria tu fe sincera, la cual animó primero a tu abuela Loida, a tu madre Eunice y ahora te anima a ti. De eso estoy convencido. (2Ti 1:5 NVI)
Decirle a la gente qué hacer está muy lejos de mostrarle a la gente qué hacer.
Cuando simplemente digo palabras esperando que alguien actúe, es poco probable que esa persona lo haga, y si esa persona es mi hijo o mi hija, la probabilidad disminuye aún más. Sin embargo, cuando pongo en práctica mis palabras, las posibilidades de que me escuchen son mucho mayores. Vemos a Eunice y Loida aplicando esto en la práctica junto con su hijo y nieto Timoteo. Eran judíos y se convirtieron al cristianismo en Listra tras escuchar un sermón del apóstol Pablo, y desde entonces, con gran celo, instruyeron a Timoteo en los principios de la Palabra de Dios.
Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. (Dt 6:6-7)
Esta madre e hija hicieron un trabajo tan importante juntas a través de Timoteo que hoy se han convertido en una inspiración para nosotras.
¿Y el padre de Timoteo? Era griego y probablemente murió en los primeros años de vida de su hijo.
¿Y qué pasa con los padres de nuestra generación? Algunos han muerto como el padre de Timoteo, otros cumplen su papel de padres, y otros aún dejan las responsabilidades espirituales de sus hijos en manos de las mujeres. La realidad es que muchas madres se encuentran solas en la responsabilidad de guiar a sus hijos hacia Dios. Yo misma soy una de esas madres.
Empecé a servir a Dios cuando mi hijo tenía nueve años y mi hija uno, y puedo decir que he pasado muchos años orando por ambos. Les he llevado a Dios a través de mis ejemplos de fe en la práctica, en la vida cotidiana. Les he enseñado a orar, pero necesitan verme orando.
La oración del justo es poderosa y eficaz. (Stgo 5:16b)
Les he enseñado a estar agradecidos, pero necesitan verme a mí agradecida. Les he enseñado a ser generosos, pero necesitan verme siendo generosa. Les he enseñado a pedirle a Dios cuando necesitan algo, pero primero necesitan verme dependiente de Dios. La fe genuina se desarrolla a través de la práctica, no solo de la teoría.
Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. (Stgo 2:17)
Esta fe, que se observaba en Timoteo y mencionaba el apóstol Pablo, probablemente se practicaba en cada comida, en cada tiempo devocional, en cada oración nocturna y en la observación de las actitudes de su madre y abuela.
Eunice y Loida son notables por la semilla del evangelio sembrada en Timoteo; su dedicación fue registrada para inspirar a mujeres como yo, que necesitan mucho valor y dedicación para cumplir el hermoso ministerio que es la maternidad.
No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos. (Gál 6:9)
Hoy mi hijo tiene quince años y mi hija siete, y se enfrentan a desafíos constantes que solo Dios puede superar. Creo que mis lágrimas secretas se están secando y que mi pesada carga se está volviendo ligera a través de mi verdadera fe en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador.
Los que con lágrimas siembran, con regocijo cosechan. (Sal 126:5)
Esta es la fe que quiero que desarrollen mis hijos, y esta es la fe que despertará en ellos si me ven orando, leyendo la Biblia, reuniéndome con mis hermanos y hermanas, y llevando una vida digna y en devoción.
Imítenme, así como yo imito a Cristo. (1Co 11:1)
Son pequeñas acciones diarias y constantes las que llevan a los niños al cielo.
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Escrito por Gaby Medrano voluntaria en el Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Nicaragua
“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2Ti 4:7 RVR1960).
Este versículo, que resume el legado del apóstol Pablo, continúa inspirando a millones de creyentes en todo el mundo. Pablo pasó de perseguir a los cristianos a convertirse en uno de los más grandes predicadores del Evangelio. Su vida fue transformada por Cristo y, desde entonces, dedicó su tiempo a compartir las buenas nuevas, discipular creyentes y establecer iglesias: un misionero por excelencia.
El fruto de su ministerio no solo se vio en las congregaciones que fundó, sino también en las vidas que formó espiritualmente. En la Biblia podemos ver que tuvo varios hijos en la fe, hermanos a quienes enseñó, acompañó y ayudó a crecer espiritualmente. Como, por ejemplo:
“A Timoteo, verdadero hijo en la fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios nuestro Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor.” (1Ti 1:2)
“A Tito verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador.” (Tit 1:4)
También escribió:
“Porque, aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio.” (1Co 4:15)
Estos versículos muestran cómo el apóstol Pablo produjo frutos duraderos al formar hijos espirituales que continuaron enseñando y fortaleciendo la obra de Dios. Su ejemplo sigue inspirándonos a nosotros los cristianos de hoy a invertir en la vida espiritual de otros y a dejar un legado de fe que permanezca por generaciones.
¿Quién sería un Pablo en la actualidad?
En nuestros días, un Pablo puede ser aquella persona que invierte tiempo en la vida espiritual de otros. No necesariamente es un pastor o líder reconocido; puede ser un maestro de escuela dominical, un líder de grupo en el hogar, una madre cristiana, un evangelista, una líder de damas, una líder de un grupo pequeño de enseñanza o algún creyente que guía a otros hacia los pies de Cristo.
Un Pablo actual es alguien que:
- Comparte el evangelio con amor.
- Enseña la Palabra de Dios.
- Acompaña a nuevos creyentes en su crecimiento espiritual.
- Ora por sus hijos en la fe.
- Da ejemplo con su testimonio y conducta.
Nuestro Señor Jesús enseñó que el verdadero discípulo produce fruto que permanece.
La vida de Pablo y sus incomparables habilidades fueron un bien preciado para Dios, Pablo se entregó a Él sin reservas. Dios usó toda su formación, su educación, su inteligencia y su personalidad. Dios tuvo un siervo dispuesto que dio todo de sí hasta su último aliento. Al igual que Pablo, tú tienes dones y habilidades inigualables que te hacen de gran valor para el servicio de Dios.
A lo largo de la Biblia, la palabra fruto se refiere a la evidencia de lo interno. Si lo que está dentro de una persona está podrido, el fruto de la vida de esa persona también será malo. Cualquier persona que conoce a Cristo y se bautiza tiene a Jesucristo viviendo en su interior y debe dar buen fruto: el fruto de justicia (Fil 1:11), a medida que Dios brilla en esa vida. Se ha descrito el fruto del Espíritu como aquellas gentiles costumbres que el Espiritu Santo produce en el cristiano. En Gálatas 5:22-23, el apóstol Pablo enumera dichas gentiles costumbres, los dones de gracia: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza”.
Andar en el Espíritu significa:
- Vivir cada momento en sometimiento a Dios con integridad.
- Tratar de agradar a Dios con los pensamientos que decidimos abrigar, las palabras que elegimos pronunciar y las acciones que decidimos tomar.
- Dejar que nos guíe y nos transforme a cada paso del camino. Es dejar que obre en nuestro interior para que podamos glorificar a Dios.
Ahora bien, querida, déjame decirte rápidamente que andar en el Espíritu no significa que no tendrás días difíciles. No. Significa echar mano de los recursos que Dios ha provisto para que manejes tu día imposible y lo enfrentes a la manera de Dios, disfrutando de Su gracia, Su fortaleza y Su poder. Podrás manejar las dificultades de forma tranquila y calmada, y tendrás todo bajo control, gracias a la certeza de la paz, la paciencia y la templanza que Dios te regala por medio del Espíritu. Y ten siempre presentes estas dos verdades: el Espíritu Santo te habla cuando lees la Palabra de Dios y, si caminas en el Espíritu, el Espíritu Santo producirá su fruto en tu vida.
¿Estás dispuesta a dejar que Dios tome tu vida con todas tus cualidades, incluyendo tus fallos, y ponerlas a Su servicio? ¿O hay algunas áreas de tu vida que reservas para ti?
Nunca sabrás lo que Dios puede hacer a través de ti hasta que le permitas usar cada parte de ti, viviendo y siendo una sierva para Su gloria.
