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Escrito por Wendy Neill
No seas como Salomón. Es una frase rara cuando se habla de la sabiduría, ¿verdad? Salomón era el hombre más sabio del mundo, entonces, ¿por qué te diría que no seas como él?
En mi plan diario de lectura bíblica, estoy leyendo los libros de Eclesiastés y Proverbios, junto con 1 Reyes y 2 Crónicas. Cada vez que llego a estas historias de Salomón, me da un peso en el pecho. Me cuesta leer su historia. ¿Por qué? Porque tenía todo… y lo soltó todo.
El padre de Salomón, David, le había enseñado del Señor. “»Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele de todo corazón y con buena disposición, pues el Señor escudriña todo corazón y discierne todo pensamiento. Si lo buscas, te permitirá que lo encuentres; si lo abandonas, te rechazará para siempre” (1 Crón. 28:9).
Dios mismo bendijo a Salomón más que a cualquier otro en la tierra y le habló personalmente: “Voy a concederte lo que has pedido. Te daré un corazón sabio y prudente, como nadie antes de ti lo ha tenido ni lo tendrá después. Además, aunque no me lo has pedido, te daré tantas riquezas y esplendor que en toda tu vida ningún rey podrá compararse contigo. Si andas por mis sendas y obedeces mis decretos y mandamientos, como lo hizo tu padre David, te daré una larga vida” (1 Reyes 3:12-14).
Salomón hasta predicó el mismo mensaje al pueblo cuando dedicó el templo: “Que el Señor nuestro Dios esté con nosotros, como estuvo con nuestros antepasados; que nunca nos deje ni nos abandone. Que incline nuestro corazón hacia él, para que sigamos todos sus caminos y cumplamos los mandamientos, decretos y leyes que les dio a nuestros antepasados” (1 Reyes 8:57-58).
Hasta ese momento, todo anda bien. Es un hombre que quiero imitar. Pero luego viene la frase que me rompe el corazón. Nueve palabras: “Todas estas mujeres hicieron que se pervirtiera su corazón” (1 Reyes 11:3b). Lee el resto del capítulo para ver lo que Dios dice al respecto. No lo puedo escribir aquí. Me duele demasiado.
Puedo tener toda la sabiduría del mundo, pero si me rodeo con personas que no siguen a Dios, me pueden “pervertir el corazón.” ¿Has oído la frase, “El que con sabios anda, sabio se vuelve; el que con necios se junta, saldrá mal parado”? Adivina quién lo dijo. (Prov. 13:20)
Tengo que escoger sabiamente a mis amistades. ¿Puedo ser amiga con incrédulos? ¡Claro! Dios quiere que seamos sal y luz en el mundo. Pero mis amigos más cercanos, los con quienes paso la mayoría de mi tiempo, los que tienen mayor influencia en mi vida, tienen que ser los que me llevan más cerca de Dios, no más lejos de Él. Y si no ves a alguien cerca que esté viviendo su vida así, pídele a Dios que te mande tales amigos.
Y si estás buscando esposo o novio, escoge sabiamente. “El amor” no es el único requisito para el matrimonio. Debe estar en la misma misión de vida que tú. “No formen yunta con los incrédulos. ¿Qué tienen en común la justicia y la maldad? ¿O qué comunión puede tener la luz con la oscuridad?” (2 Cor. 6:14)
Podemos aprender del mal ejemplo de Salomón. Sigamos y obedezcamos las enseñanzas de Dios que son para nuestro bien.
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El Salmo 119, posiblemente escrito por David, resalta la importancia de una relación con el Legislador o Dador de la ley, no sólo el cumplir con Sus mandatos. Con un discurso poético y elegante en su forma acróstica, el salmista usa las letras del alfabeto hebreo para describir la relación entre el Legislador a través de Sus caminos, decretos, dichos, estatutos, justos juicios, leyes, mandamientos, mandatos, palabra y preceptos.
Las palabras mencionadas en referencia a la ley en Salmo 119 llevan connotaciones diferentes aún si no reconocemos la definición de cada una. En una tierra sin leyes, la ley trae orden y paz. Sin preceptos y estatutos, hace falta una guía. Mandatos y justos juicios posiblemente se sientan pesadas, pero dan seguridad. Caminos, dichos y palabras suenan más suaves o atractivas porque son más relacionales y nos invitan a una historia mayor.
Verdaderamente, toda faceta de la ley es para nuestro bien (Sal. 119:68). Cuando el Legislador pide nuestra obediencia, es para guiarnos, fortalecernos, darnos vida y consuelo. Usando solamente los primeros 80 versículos del Salmo, toma nota del lenguaje usando para narrar las subidas y bajadas de la relación de la ley de Dios. A veces, el salmista hace una declaración definitiva (Salmo 119:9, 30) y en otros momentos clama pidiendo que le recuerde un compromiso (Sal. 119:5, 29, 66) o apela como siervo fiel (Sal. 119:10, 76).
Observa las frases que usa para hablar sobre la relación que el salmista tiene con la ley:
La guardo, la creo, la cumplo, me regocijo en ella, la conozco, la sigo, la considero, la aprendo, la llevo, la proclamo, la canto, medito en ella, la recuerdo, pongo mis ojos en ella, me deleito en ella, la escojo, me apego a ella, corro por ella, no me aparto de ella, la amo…
Usando la lista de verbos en cursiva, ¿cuál frase más te sirve como invitación? ¿Cuál es el mayor desafío?
No son pasos de un camino recto, uno que lleva al otro. Tampoco es una lista exhaustiva. Sin embargo, estas palabras pueden ilustrar dónde nos encontramos en relación con la ley y también con el Legislador. Ahora, leamos la misma lista de frases en el contexto del Legislador en vez de la ley.
Lo guardo, lo creo, lo cumplo, me regocijo en Él, lo conozco, lo sigo, lo considero, lo aprendo, lo llevo, lo proclamo, lo canto, medito en Él, lo recuerdo, pongo mis ojos en Él, me deleito en Él, lo escojo, me apego a Él, corro por Él, no me aparto de Él, lo amo…
¿Ves la correlación entre la ley y el Legislador?
La ley de Dios es un deleite, no una carga; una relación, no una lista de reglas. Y estas expresiones de relación con la ley y el Legislador son parte de nuestra obediencia.
La obediencia es más que una carga que llevamos. Nos deleitamos en obedecer Su ley porque implica una relación con el Legislador, ¡especialmente dado que Él se hizo carne y cumplió la Ley y las Profetas (Jn. 1:14; Mt. 5:17)! ¿Te estás deleitando conmigo?
Te invito a conversar más sobre el Salmo 119, compartiendo estas preguntas y respuestas con una Hermana Rosa de Hierro. Pueden turnar en leer las secciones del Salmo 119 y resaltar las palabras que describen la ley de Dios y cómo el salmista interactúa con ella. Pasen un tiempo en oración juntas sobre el deseo mutuo de deleitarse en Su palabra y Sus caminos, a obedecerle e invitar a otros a una relación con Él.
