Mi grama parecía una jungla y desesperadamente necesitaba atención. Sí, hubo razones por las que llegara a ese extremo de descuido: viajes, lluvia, y otros compromisos… pero ya llegó la hora de ser cortada y para que volviera a parecer mi grama como lugar donde vivía alguien y que le importaba cómo se veía la casa.
Sin embargo, tocaba esperar otro día. Cada gota de lluvia fue como una afirmación de mi sentido de culpa por no haber aprovechado las pocas horas soleadas la tarde anterior.
Sabes que después de que pase de cierto punto la altura de la grama, se me hace más fácil dejarlo un día más. “Ya está tan mal. ¿Qué importa un día más?”
Pues, antes de que me juzgues por mi grama o mis prioridades, permíteme hacer una reflexión al nivel espiritual.
Los patrones y hábitos malos se nos pueden escapar más pronto que mi grama descuidada. Permitimos que la mala hierba crezca y cuando se siente que se nos ha escapado de las manos, pensamos, “Ya está tan mal. ¿Qué importa un día más?”
Esa forma de pensar peligrosa nos lleva a la trampa de apatía y el contentamiento en un mal sentido. Nos acostumbramos a las condiciones horribles y los malos hábitos y así nos olvidamos de la belleza que se ha escondido, una belleza que sólo el Jardinero Divino nos puede volver a revelar cuando le permitimos cortar, recortar, y limpiar.
Y tal como mi grama se ve mejor con un buen mantenimiento en el verano, no cuestan tanto los recortes del Señor cuando se lo permitimos con más frecuencia y consistencia.
¿Se ve tu vida ahorita como una jungla descuidada, una grama bien arreglada, o algo en el intermedio? ¿Qué debes dejar que el Jardinero Divino haga en tu vida hoy?
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