Nos encanta construir relaciones. Suscríbete a nuestro blog para recibir palabras de ánimo semanales y actualizaciones mensuales del ministerio a través de nuestras eNoticias en tu correo electrónico.

Recibir nuestras comunicaciones

Etiquetas

Búsqueda

Otros idiomas

This devotional is also available in English.
Este artigo também está disponível em português.

Compras en línea

Nuestros libros, recursos gratis, tarjetas, botellas de agua, y más

Compra Ahora

Escrito por Sharit Saman Zapata, voluntaria en el Ministerio Hermana Rosa de Hierro en PerúPHOTO 2026 05 13 15 50 59 1

Hay una frase que escuché hace años y todavía la recuerdo por lo significativa que fue: “No existe la casualidad, existe la Diosalidad”. Y para ser honesta, hubo temporadas en mi vida en las que no podía creer eso, especialmente cuando veía mi propia vida espiritual y sentía que no estaba “dando fruto”. Intentaba hacer de todo: oraba más, servía más y me exigía más, intentando forzar el fruto en mí, porque de alguna manera quería convencerme de que era útil para Dios. Sin embargo, mientras más trataba de producir fruto por mis propias fuerzas, más seca y desgastada me sentía por dentro. Pero este pasaje en Juan 15:16 me hizo parar a reflexionar: “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure. Así el Padre les dará todo lo que pidan en mi nombre”.

Estas palabras de Jesús fueron dichas en uno de los momentos más intensos de Su ministerio, pocas horas antes de Su crucifixión, en medio de la última cena con Sus discípulos, justo antes de enfrentar miedo, pérdida y confusión. Jesús les recordó algo esencial: su llamado no comenzó con ellos, comenzó con Él.

Ellos no llegaron a Jesús por mérito y nosotras tampoco, porque fuimos escogidas, llamadas y designadas por Él y eso lo cambia todo. Si Él fue quien nos eligió, entonces nuestra permanencia no depende de nuestra perfección o de nuestros esfuerzos. No estamos sosteniendo a Cristo con nuestras manos frágiles; Él nos sostiene a nosotras. Durante mucho tiempo, para mí, dar fruto se sintió más como una carga que como un privilegio, casi como si Dios estuviera esperando resultados espirituales mientras yo intentaba sobrevivir. Con el tiempo entendí algo: el fruto real nunca nace de la presión, nace de la permanencia.

Un árbol no se esfuerza por dar manzanas; simplemente permanece arraigado donde recibe vida. Eso me recordó cuando Pablo escribe: “ocúpense en su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla Su buena voluntad” (Fil 2:12-13). Nuestra responsabilidad existe, sí, pero es Dios quien hace posible la transformación. Él no solo nos pide fruto, Él trabaja en nosotras para producirlo. Y es una promesa que se repite también en Hebreos 13:20-21, “Que el Dios de paz […]los capacite en todo lo bueno para hacer Su voluntad. Y que Él haga en nosotros lo que le es agradable delante de Él por medio de Jesucristo.” Entender esa compañía en la lucha es un gran alivio, saber que Dios nunca demanda algo sin también proveer lo necesario para cumplirlo.

Pero Jesús no habla de cualquier fruto, nos habla de un fruto que permanece, no es algo superficial, emocional o momentáneo. Él desea formar en nosotras un carácter transformado que refleje a Cristo de manera constante, un fruto que refleje que rendimos nuestras batallas, que morimos a nosotras mismas y dejamos que Él sea quien otros ven, que vean a Dios obrando en nosotras aun cuando seguimos luchando todos los días.

Para que vivan de manera digna del Señor, agradándole en todo. Esto implica dar fruto en toda buena obra…” (Col 1:10). Dar fruto es evidencia de una vida rendida a Dios, es amar cuando es difícil, es servir cuando nadie aplaude, permanecer fiel cuando nadie observa, es mostrar a Cristo en un mundo desesperado por esperanza. E imagina cómo se siente Dios cuando nos ve haciendo lo correcto incluso sabiendo que no fue fácil. Rendir nuestra voluntad a Él no es perder, es ganar la paz de saber que Dios ya vio lo que tú todavía no ves.

Y para finalizar, Jesús añade algo sorprendente: “Así el Padre les dará todo lo que pidan en Mi nombre” (Jn 15:16b). Esto no significa que Dios promete hacer todo lo que queremos, significa que cuando nuestra vida está alineada con Su voluntad, nuestras oraciones comienzan a reflejar Su corazón, la voluntad de Dios se vuelve la nuestra y finalmente todo queda alineado.

Ser escogidas por el Dios Todopoderoso debería estremecer nuestra alma, porque Él vio nuestro potencial incluso antes de que nosotras lo viéramos. Y quizás eso es lo más impactante de todo, el Dios Todopoderoso decidió confiar en personas imperfectas como nosotras para reflejar Su imagen al mundo.

La verdadera pregunta no es si eres suficientemente capaz de dar fruto; la verdadera pregunta es: ¿estás permaneciendo lo suficiente en Jesús como para permitir que Él produzca en ti un fruto que realmente permanezca?