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Escrito por Elane Bernardo, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Caruaru, PernambucoElane bernardo

Si se consagra la parte de la masa que se ofrece como primicias, también se consagra toda la masa; si la raíz es santa, también lo son las ramas. Ahora bien, es verdad que algunas de las ramas han sido desgajadas y que tú, siendo de olivo silvestre, has sido injertado entre las otras ramas. Ahora participas de la savia nutritiva de la raíz del olivo. Sin embargo, no te vayas a creer mejor que las ramas originales… Así que no seas arrogante, sino temeroso. (Ro 11:16-18a, 20b NVI)

Querida hermana,

Con cariño, te invito, antes de continuar con esta lectura, a orar y pedir a Dios que hable a tu corazón a través de Su Palabra, tal como Él ha hablado y tocado profundamente mi corazón.

Existe una tendencia muy común en el corazón humano: mirar el fruto antes que la raíz.

Las personas buscan el cambio, el crecimiento, la fuerza espiritual y la transformación, pero a menudo todo esto se persigue a través de sus propios esfuerzos, como si la vida con Dios dependiera de la capacidad de producir resultados visibles.

Romanos 11 nos muestra otro camino.

Presenta la imagen de un olivo, con una raíz sagrada y ramas que viven de la savia que de ella proviene. Algunas ramas han sido rotas, mientras que otras, que originalmente no pertenecían al árbol, han sido injertadas. Esta imagen no solo explica una verdad espiritual, sino que también reposiciona el corazón.

La vida no empieza en la rama.
La fuerza no está en la rama.
El fruto no crece de la rama.
Todo viene de la raíz.

La santidad mencionada en el versículo 16 no es algo producido, sino transmitido. Las ramas solo participan en esta vida porque están conectadas con lo que es sagrado. Esto se enfrenta a una espiritualidad basada en el esfuerzo, donde uno intenta producir fruto sin priorizar la conexión.

Dar fruto no consiste en producir algo para Dios, sino en permitir que Su vida se manifieste a través de quienes están verdaderamente conectados a la raíz. Cuando esta verdad se olvida, lo que debería ser fructífero se convierte en un intento. Lo que debería fluir se convierte en una carga. Y la vida espiritual empieza a vivirse como esfuerzo constante, no como dependencia.

El texto también presenta una advertencia importante: algunas ramas se rompieron por la incredulidad. Esto revela que no basta con estar cerca. No basta con parecer parte de algo. La permanencia no se sostiene por las apariencias, sino por la fe.

Y es en este punto cuando la Palabra indica claramente: "Así que no seas arrogante, sino temeroso." El orgullo espiritual es silencioso. No necesariamente se manifiesta en palabras, sino en autosuficiencia. Surge cuando hay confianza en el propio camino, cuando la dependencia de Dios deja de ser diaria y se vuelve ocasional.

Pero la verdad sigue siendo: no es la rama la que sostiene la raíz. Es la raíz la que sostiene la rama.

Cuando esto se olvida, la conexión se debilita. La estructura puede seguir existiendo, puede que aún haya apariencia de vida, pero el flujo de savia ya no es el mismo. Y sin savia, no hay fruto.

Por otro lado, cuando hay una conexión verdadera, el fruto se vuelve inevitable. Se manifiesta en actitudes, elecciones y la forma de vivir frente a situaciones cotidianas, no como algo forzado, sino como evidencia de una vida sostenida por Dios.

El texto concluye con una seria advertencia: si Dios no escatimó las ramas naturales, tampoco deberíamos vivir despreocupados ante Él. Esto no apunta al miedo, sino a la reverencia—una vida consciente, alineada y dependiente—una vida que entiende que ser injertado es una gracia, y que quedarse es una decisión diaria.

Por lo tanto, dar fruto no comienza con lo que uno hace, sino con donde uno está conectado. Y a la luz de esto, queda una pregunta necesaria:

¿Se ha vivido la vida desde la raíz que la sostiene, o todavía se intenta producir fruto a través de las propias fuerzas?