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Gaby Medrano 1Escrito por Gaby Medrano, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro de Nicaragua en Colombia

Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas. (Efes 5:11 RVR1960)

Imagina un árbol hermoso de naranjas plantado en un terreno donde el suelo se ha llenado de maleza, espinos, parásitos y plantas invasoras. Estas plantas son completamente estériles e infructuosas. La maleza no trabaja para dar frutos, solo consume los nutrientes del suelo, ahoga la vida y destruye lo que la rodea.

El apóstol Pablo llama a los pecados “obras infructuosas” porque son exactamente como esa maleza que ocupa espacio, absorbe tu energía, pero al final del día no produce nada de valor real para tu vida espiritual, tu familia ni tu paz interior. Es una productividad vacía, una esterilidad disfrazada de vida.

Vivimos en un mundo de constantes cambios, donde se nos exige adaptarnos a diferentes escenarios, situaciones, modas, lugares o culturas. Si no lo haces, simplemente “no encajas” o “no te adaptas”; así de simple lo juzgan. Sin embargo, Dios nos ha llamado a hacer la diferencia, a ser luz en medio de la oscuridad y para eso tenemos que marcar la diferencia, ser la luz, la sal. Muchas veces no encajaremos o no permitiremos adaptarnos, porque lo más importante no son las expectativas o apariencias sino la verdad, la Palabra de Dios que nunca cambia, que fue, que es y que será.

El apóstol Pablo explica que, mediante el poder del Espíritu, los creyentes tienen que deshacerse de su vieja naturaleza carnal y vivir conforme a su nueva naturaleza espiritual. Este camino de cambios conduce a un modo de vida santo, ya que como cristianos debemos ser imitadores de Dios; de eso se trata la llenura del Espíritu. “Sed santos porque Él es santo” (1 Ped 1:16). Y no imitar al mundo, porque si hacemos lo que hace el mundo, nos vestimos como el mundo, nos parecemos al mundo. ¿Qué nos diferencia del mundo? Solo nos estaríamos engañando a nosotras mismas.

Los cristianos no deben ser cómplices o compañeros de las prácticas pecaminosas. Desenmascarar estos actos no implica necesariamente hablar mal o atacar a los que lo hacen, sino hacer brillar la verdad de Dios mediante una conducta recta, íntegra, un testimonio intachable y un estilo de vida que contraste con el mal. Puedes reprender una obra mala, pero siempre y cuando lo confrontes con mansedumbre, amor, respeto, buscando su restauración, no su humillación, considerándote a ti misma, no sea que tú también seas tentada, como dice Su palabra.

Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. (Gál 5:19-21)

Son muy evidentes y claras las obras de la carne, no se pueden esconder, como cristianas maduras en la fe debemos de florecer en el Espíritu, dejarnos guiar por Él, saber que por nuestras propias fuerzas no podemos hacer mucho, pero si tenemos la responsabilidad a diario de luchar contra el pecado, depender totalmente de Dios, reconocer que como humanos caídos desde el Edén nuestra naturaleza está inclinada hacia el mal, hacia el egoísmo y placeres de este mundo pero el apóstol Pablo nos recuerda en su carta que tenemos armas espirituales con las que podemos luchar: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efes 6:11).

Debemos escudriñar bien las Escrituras a diario, así como revisamos el celular a diario. Observar muy bien con qué nos estamos alimentando, lo que estamos viendo, la música que estamos escuchando, con quién estamos compartiendo tiempo, lo que estamos leyendo, qué testimonio estamos proyectando. ¿Estamos siendo influencia o estamos siendo influenciadas? ¿Nos estamos diferenciando del resto? O simplemente estamos como los camaleones camuflándonos conforme a nuestro entorno. Si es así, podemos correr el riesgo de no heredar el Reino de Dios.

Pablo enseñó a los cristianos de Gálatas cómo disfrutar de la libertad en Cristo y no ser esclavizados por el esfuerzo de ganar el favor de Dios mediante la observancia religiosa o las buenas obras. La verdadera bondad no procede del esfuerzo personal, sino de someterse al Espíritu Santo para que Él pueda producir el fruto de rectitud en nuestra vida diaria. Nadie puede presumir de ser un buen cristiano solo de la cruz de Cristo. Él hizo que todo fuera posible.

Con Cristo estoy juntamente crucificado y ya no vivo yo, más Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gál 2:20)

Anhelemos ser tierra fértil y poder guiar a otras a serlo. Pidamos a Dios en oración que podamos afilar hierro con hierro de cerca o a la distancia.