Recibe palabras de animo


Nos encanta construir relaciones. Suscríbete a nuestro blog para recibir palabras de ánimo semanales y actualizaciones mensuales del ministerio a través de nuestras eNoticias en tu correo electrónico.

Inscribirse

Etiquetas

Búsqueda

Otros idiomas

This devotional is also available in English.
Este artigo também está disponível em português.

Compras en línea

Nuestros libros, recursos gratis, tarjetas, botellas de agua, y más

Compra Ahora

Abigail BecerraEscrito por Abigail Adriana Loayza Becerra, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Cusco, Perú

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. (Juan 15:8, RV60)

Cuando pensamos en dar fruto como discípulos de Jesús, muchas veces imaginamos hacer más: servir más, participar más, conocer más la Biblia o realizar más actividades. Pero Gálatas 5 nos lleva a una pregunta mucho más profunda: ¿qué está produciendo realmente nuestra vida?

Pablo presenta un contraste entre las obras de la carne y el fruto del Espíritu. Y hay algo interesante en las palabras que utiliza. Habla de “obras” en plural, pero de “fruto” en singular. Las obras pueden fabricarse; el fruto, en cambio, crece.

Las obras de la carne representan lo que ocurre cuando intentamos vivir desde nuestra propia naturaleza y nuestros propios deseos. Podemos intentar controlar nuestras acciones, aparentar espiritualidad o esforzarnos por cumplir reglas, pero nuestro esfuerzo externo no siempre transforma nuestro corazón. La historia de Israel ya había mostrado esta realidad; Dios había dado Su Ley y había revelado claramente lo que era bueno, pero el problema no estaba en la Ley, sino en el corazón humano. Es por eso que los profetas anunciaron algo mucho más profundo.

Dios prometió cambiar el corazón de Su pueblo. “Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo” (Ezeq 36:26) y Jeremías también habló de un tiempo en que Dios pondría Su Ley en la mente de Su pueblo y la escribiría en su corazón. Aquí podemos ver una bonita conexión con Gálatas 5. Dios no solamente quiere decirnos cómo vivir; Él quiere transformar desde dentro a la persona que vive. El fruto del Espíritu (amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio) no es solo una lista que debemos memorizar para aparentar “madurez espiritual”, sino que es el resultado de una vida que está siendo transformada por el Espíritu Santo.

Isaías 5 utiliza otra imagen poderosa: Dios compara a Israel con una viña que Él mismo plantó y cuidó. Él esperaba que produjera buenas uvas, pero produjo uvas agrias. Esta figura literaria nos recuerda que podemos tener el entorno correcto, conocer la verdad e incluso estar cerca de las cosas de Dios, y aun así no llegar a producir el fruto que Él espera. Entonces es en esta imagen en la que aparece Jesús diciendo: “Yo soy la vid y ustedes son las ramas” (Juan 15:5), la diferencia está en permanecer unidos a Él, una rama no produce fruto separada de la vid, no necesitamos esforzarnos por “parecer” una rama fructífera; necesitamos ser la rama que permanece conectada a la fuente de vida, lo que cambia también nuestra manera de entender el hecho de ser discipulos de verdad.

Nuestro fruto revela nuestra conexión con Cristo. Juan 15:8 dice que cuando llevamos mucho fruto demostramos que somos discípulos de Jesús y, sobre todo, glorificamos al Padre; es por eso que el verdadero fruto se hace más evidente cuando la vida se vuelve difícil. La paciencia se demuestra cuando alguien nos irrita. El dominio propio aparece cuando tenemos razones para reaccionar impulsivamente. La humildad se revela cuando podríamos exigir reconocimiento. El amor se vuelve real cuando debemos amar incluso a quien no nos resulta fácil amar.

Gálatas 5:25 nos dice: “Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu”. La vida cristiana no consiste únicamente en conocer lo que Dios quiere, sino en caminar en la misma dirección que el Espíritu. Tal vez hoy la pregunta no debería ser: “¿Cuánto estoy haciendo para Dios?”, sino: “¿Qué fruto está produciendo Dios en mí?” Porque al final, ser discípulo no consiste solamente en llevar el nombre de Cristo, ser discipulo va mas alla de todo ello, ser discipulo es permitir que Cristo se forme en mí hasta el punto de permitir que Él mismo en la plenitud de Su carácter sea visible en nuestra manera de amar, hablar, servir, perdonar y relacionarnos con los demás. Porque una rama conectada a la vid dará fruto.

¿Qué fruto del Espíritu necesita crecer más en mi vida para que quienes me rodean puedan ver a Cristo en mí?