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Kim Solis 1 1Escrito por Kim Solis, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Oregón

Mateo 9:37-38 dice:

“La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros —dijo a sus discípulos—. Por tanto, pidan al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo” (NVI).

Siempre que pienso en este versículo, me vienen a la mente imágenes de hombres y mujeres trabajando en el campo, recogiendo la cosecha de lo que se ha sembrado. Es un trabajo arduo que normalmente nadie desea hacer. Requiere tiempo, esfuerzo y energía: espaldas adoloridas, manos maltratadas, rodillas sucias y, muchas veces, sangre, sudor y lágrimas.

Muchos sermones, lecciones y exhortaciones se enfocan en preguntarnos si estamos trabajando en el campo, participando en la cosecha de nuevas almas al hablarles de Dios y explicarles su plan de salvación.

La TLA (Traducción en Lenguaje Actual) lo expresa así:

Jesús les dijo a sus discípulos: «Son muchos los que necesitan entrar al reino de Dios, pero son muy pocos los discípulos para anunciarles las buenas noticias. Por eso, pídanle a Dios que envíe más discípulos, para que compartan las buenas noticias con toda esa gente”.

Trabajar en el campo, cosechar = anunciar y compartir las buenas noticias con la gente.

Muchas veces pensamos que la forma correcta de “evangelizar” —es decir, compartir las buenas nuevas— consiste principalmente en organizar grandes campañas, tocar muchas puertas o repartir volantes en la calle. Y con frecuencia el enfoque comienza señalando los pecados o errores de las personas: decirles que están perdidas, que solo Jesús puede rescatarlas, que necesitan arrepentirse y bautizarse para el perdón de sus pecados y resucitar con Él a una nueva vida.

Estoy de acuerdo con ese mensaje. Con lo que no estoy tan de acuerdo es con que señalar y corregir sea el punto de partida.

Las buenas nuevas son, precisamente, BUENAS.

Anuncian que los cojos andan, los sordos oyen y los cautivos son puestos en libertad. En los evangelios vemos que las correcciones más severas de Jesús fueron dirigidas muchas veces a quienes ya conocían las Escrituras y afirmaban conocer a Dios. A quienes estaban heridos, marginados o lejos, Jesús se acercaba atendiendo sus necesidades físicas, pero también —y quizá aún más profundamente— sus necesidades emocionales. Les ofrecía compasión, aceptación, dignidad y amistad. Y, desde esa relación, les enseñaba una nueva manera de vivir.

Primera de Pedro 3:15-16 dice que debemos estar siempre preparados para presentar defensa de la esperanza que hay en nosotros. Eso implica que primero hay una esperanza que otros pueden ver.

Las personas observan nuestra paz, nuestra esperanza, nuestra manera de amar y de vivir. Y esa diferencia puede llevarlas naturalmente a preguntarnos cuál es la razón de lo que ven en nosotros. Además, ser obrero en el campo abarca mucho más que pronunciar palabras de explicación o instrucción. Ninguna cosecha existiría si antes alguien no hubiera sembrado, regado y cultivado con intención, atención, paciencia, cuidado y amor.

Me vienen a la mente las palabras de Pablo en 1 Corintios 3:6-7:

“Yo sembré, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino solo Dios porque es quien hace crecer”.

Cuando mostramos misericordia a las personas, cuando somos generosos con nuestro afecto, nuestros recursos y nuestro tiempo, cuando ayudamos, acompañamos y animamos, estamos sembrando, regando y cultivando, aun antes de abrir las páginas de una Biblia.

Primera de Juan 4:11-12 dice:

“Queridos hermanos, ya que Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto jamás a Dios, pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece entre nosotros y entre nosotros su amor se ha manifestado plenamente”.

La gente no puede ver a Dios. Pero cuando ve el amor que mostramos unos hacia otros y hacia quienes nos rodean, puede vislumbrar algo de Él. Dios se hace presente entre nosotros y Su amor se manifiesta de una manera que los demás pueden experimentar.

Eso también es compartir el evangelio.
Eso también es anunciar las buenas nuevas.
Eso también es participar en la obra del campo y en la cosecha.

Entonces, ¿qué estás haciendo hoy para participar en la obra?
¿Estás sembrando?
¿Estás regando?
¿Estás cultivando con amor, generosidad y misericordia?

¿O quizá hoy te corresponde cosechar, estando preparada para explicar la esperanza que hay en ti y decirle a alguien que esa misma esperanza también está disponible para él?

No todos hacemos la misma parte de la obra en el mismo momento.

Unos siembran. Otros riegan. Otros cosechan. Pero es Dios quien da el crecimiento.