Escrito por Ayane Nayara, asistente de Brasil del Ministerio Hermana Rosa de Hierro
En la región noreste de Brasil, donde vivo, estamos en la época del año en la que los árboles frutales están llenos de frutas. Es un espectáculo precioso de ver. Nuestros ojos se llenan de la belleza de cada fruto, con su forma y color diferentes. Después de esta temporada, los agricultores que cuidan estos árboles tienen la tarea de limpiarlos, eliminar ramas y hojas muertas, y añadir fertilizante, preparándolos para las siguientes temporadas para que, a su debido tiempo, vuelvan a dar fruto.
Una vez viví en una casa con un enorme mango en el jardín. Era precioso. Al mudarme, pensé: "Comeré muchos mangos cuando llegue el momento". Llegó la época de la floración, y floreció, como todos los demás de la region. Pero cuando las flores debían convertirse en fruto, empezaron a caerse. Aunque todos los mangos que vi por la ciudad estaban cargados de frutos, el de mi jardín estaba completamente vacío. Me enteré de que mi árbol no había dado fruto en años.
Jesús solía usar ilustraciones de la agricultura y la pesca para enseñar a la gente sobre el mensaje del Reino y el Evangelio, y disfruto especialmente estas ilustraciones porque valoro este modo de vida. En dos ocasiones (Jn 15:1-6 y Lc 13:6-9), Él cuenta parábolas a sus discípulos. La primera trata sobre la vid verdadera, y la segunda sobre una higuera que no dio fruto. Leerlos me permite reflexionar sobre algunos puntos que quiero compartir contigo.
- Si tú o yo no estamos dando fruto, ¡deberíamos arrepentirnos (Lc 13:6-9)!
Fuimos llamadas a formar parte de un Reino donde cada uno desempeña su papel, y eso es un privilegio. Estábamos muriendo, ramas inútiles que por sí solas eran incapaces de producir nada, y fuimos conectados a un árbol que nos hacía capaces de dar fruto. Así que, ¡demos frutos! Dios nos ha dado, a través de Cristo, una nueva oportunidad, y no podemos desperdiciarla. No podemos ocupar un espacio que podría ser ocupado por otro que diera fruto, sin dar ningún fruto en absolute. ¡Debemos ser fructíferas! O seremos como ese mango en mi jardín, floreciendo – fingiendo que daremos fruto, pero ese fruto nunca llega (Col 1:21-23).
- Necesitamos podar nuestros viejos hábitos para poder dar más fruto y mejor (Jn 15:2).
Y eso es exactamente lo que Dios quiere hacer con cada una de nosotras que estamos en Cristo: podarnos para que seamos más fecundas. Pero, ¿en qué consiste esta poda?
El término griego para poda también se usa para la limpieza. Dios, nuestro Padre, quiere purificarnos. La razón por la que un agricultor poda árboles, eliminando ramas y hojas muertas, es para que la planta no malgaste su energía y nutrientes en cosas que no merecen la pena cultivar y que dificultan el crecimiento del fruto. Dios quiere limpiarnos de lo que puede obstaculizar nuestra fecundidad. Seguramente hay ramitas de pecado en nuestro corazón que agotan nuestra energía y dificultan nuestro crecimiento, y eso es exactamente lo que Dios quiere eliminar de nuestro corazón.
Pues ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece. (1P 1:23 NVI)
Por lo tanto, abandonando toda maldad y todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia, deseen con ansias la leche espiritual pura, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación. (1P 2:1-2)
- No hay otra forma de dar fruto salvo permaneciendo en Jesucristo (Jn 15:5).
Podemos observar que, mientras Jesús habla a Sus discípulos en Juan 15:1-6, repite la palabra "permanecer" al menos seis veces. Claramente, quería transmitirles la importancia de esa actitud. Para dar fruto y seguir siendo purificadas por nuestro gran Jardinero, necesitamos permanecer en Cristo. No hay otra forma de crecer. Somos incapaces de producir nada o incluso de sostenernos solas. Sin Cristo, no somos más que ramas secas y muertas.
Por último, hermanas, Dios espera de nosotras lo que se nos llamó a hacer: dar fruto. Este trabajo es una calle de doble sentido: nuestra entrega al permitirnos ser purificadas y usadas por nuestro Agricultor, y Su obra en nosotras, podando y limpiando nuestros corazones de todo lo que obstaculiza nuestro desarrollo.
Reflexiona: ¿Qué está dificultando el crecimiento de tu fruto y necesita poda? ¿Estás dispuesta a que se haga esta poda?
