Escrito por David A. Goff, padre de Michelle J. Goff
Me gustaría contarte sobre un hombre de fe que dejó su pueblo nativo y a sus padres para comenzar una nueva vida lejos de donde nació. En esta época de muchos refugiados trasladándose, estoy seguro de que él les podía entender.
Este hombre vivió mucho antes de que había el internet, teléfonos, aviones o hasta carros. Un tiempo muy distinto al de hoy. A causa de la gran distancia a su nuevo hogar, no pudo traer mucho consigo. Sin embargo, una cosa que sí traía era su fe que el YO SOY ya estaba donde llegaría a vivir. Desde ese solo hombre, se ha visto un legado de fe que ha durado hasta el día de hoy y más allá.
Hay muchas cosas en nuestras vidas ahora que serían incomprensibles para él, pero lo que sí ha durado es la fe que compartimos. Es una fe que hay alguien que nos ama como Padre, que nos ha adoptado como Sus hijos e hijas y que nos ha dado una esperanza segura que no nos puede ser quitado. Su vida es un testimonio a mí de la importancia de fe y los efectos duraderos que puede tener.
Ese hombre tenía una familia grande y una de sus hijas era mi abuela. Otra hija era la abuela del hombre que llegó a ser mi padre adoptivo y el abuelo de nuestras cuatro hijas. Y ahora que yo tengo nietos, me alegra ver que están siendo criados para seguir esa herencia de fe.
Esa herencia de fe no es algo por lo que yo puedo tomar crédito. Tampoco me beneficia si no tomo esa fe como mía. Estoy muy agradecido por el entrenamiento y mentoreo que he recibido de hombres y mujeres de fe. Mi fe me ha sobrellevado por muchos momentos difíciles y hasta traumáticos. Estoy convencido de que El que comenzó tan buena obra la irá perfeccionando (Fil. 1:16).
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